12 sept. 2016

La extraña, ridícula atracción que ejercen las mugas de frontera

Cuesta mucho creer la cantidad de especialistas, por no decir fanáticos, que ha generado la existencia de las mugas de frontera: piedras, o mojones que marcan sobre el terreno la divisoria oficial entre los Estados español y francés a lo largo de todo el Pirineo, des del confín vasco del río Bidasoa hasta el acantilado mediterráneo de Cerbère, numeradas de la cifra 1 hasta la 602. La de la foto adjunta corresponde al Coll de Banyuls. Su aspecto material suele ser muy sumario y su utilidad más que dudosa. Responden a la ingenuidad propia de otras épocas de pretender grabar sobre el terreno una demarcación que no existía. Tal vez las mugas atraen tanto interés por la obstinación en encarnar sobre la piel del territorio una convención
administrativa contra natura, una separación que no responde a ninguna división natural ni cultural en el País Vasco, en Navarra, en Aragón, en Andorra ni en Catalunya. Estos pedruscos simbolizan la soberbia de los Estados, la fuerza de sus funcionarios agarrada en el punto más estrafalario.
Fue la primera frontera estatal europea trazada de forma lineal, al menos sobre el papel, a lo largo de las teóricas "crestas divisorias" de la cordillera. Desde el Tratado de los Pirineos de 1659, el amojonamiento dio pie a incontables conferencias internacionales de los respectivos diplomáticos y todavía alimenta hoy unos cuantos organismos oficiales con un gota a gota agónico.
Cada año las revisan y repintan, en el marco de un encuentro ritual por comarcas que reúne a la policía de ambos lados, los alcaldes y los bomberos. Asistí en alguna ocasión como periodista, gracias a los informes sobre mi honorabilidad emitidos por el alcalde de Cerbère, el inolvidable Janot Martí.
Dado que las piedras numeradas no acostumbran a moverse y, como mucho, requieren una mano de pintura, los uniformados y ediles de ambos lados dan pronto la tarea por hecha, firman el atestado correspondiente y pasan al objetivo primordial de la encuentro, que es la comilona de hermandad.
A raíz de la elaboración de mi libro El Pirineu, frontera i porta de Catalunya viví aquellos aquelarres, montados cada año por las autoridades fronterizas alrededor del canto de sirenas que creen escuchar procedente de esas piedras. Como ciudadano sin Estado, a mi me llenan de escepticismo. Pero como ciudadano con territorio, reconozco su presencia real y concreta.
La frontera ha cambiado en comparación con la época del franquismo. Aunque estar, está, diga lo que diga la Unión Europea. Ya no es preciso enseñar el pasaporte, cambiar moneda ni comprar la carta verde, pero tres siglos y medio de separación han asentado diferencias en el marco legal, económico, escolar, cultural, mediático.
La frontera se ha instalado en las mentalidades, modeladas por el entorno cotidiano. Sin embargo no se ha impuesto del todo. A veces ha favorecido un contrabando de verdades elementales que la superan, porque se hallan más arraigadas que ella.
Imaginaba que la atracción de les mugas de frontera menguaría con el paso del tiempo, como un vestigio anacrónico. Me equivoqué. Han proliferado páginas web de una colosal minucia para describirlas una a una, con los máximos detalles, así como una poderosa red de estudiosos que se intercambian las últimas informaciones. El plusmarquista debe ser el holandés Eef Berns. En el apartado “Sources” de su web “The bordermarkers of the Pyrenees” puede leerse la infinita lista de libros, tratados y especialistas actuales.
Incluso ha logrado vencer el difícil acceso por mar (único posible) a la Cova Foradada que hace frontera estatal entre Portbou y Cerbère, a fin de fotografiar y filmar en su interior la última muga pirenaica, la número 602. La principal sorpresa es que la vieja marca grabada y repintada en la pared de la cueva ha sido renovada, sin duda por parte de las autoridades pertinentes que se han tomado la molestia. Ahora una flamante placa de granito fijada con cemento, con la cruz y el número de orden 602 bien visibles, saca pecho en una vieja y grotesca postura.

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