16 nov. 2016

Con qué desfachatez plantean un nuevo puerto deportivo en Tossa

La suspensión por orden judicial del referéndum ciudadano previsto el próximo domingo en Tossa de Mar sobre el proyecto urbanístico de nuevo puerto deportivo de 450 amarres, locales comerciales, hotel y chalets de lujo constituye una cuestión de procedimiento ante el verdadero dilema: ¿más puertos deportivos que desfiguren, alteren y privaticen la costa? Todo el litoral catalán sufre los anómalos desplazamientos de arena provocados por la proliferación de cerca de 50 puertos privados llamados “deportivos”, barreras artificiales construidas sin miramientos cada 15 km de costa en
promedio, dentro de una de las concentraciones proporcionalmente más elevadas del Mediterráneo.
El último Plan de Puertos de Catalunya preveía en 2007 incrementar el total de 48.500 amarres existentes con 6.000 más. A continuación, a raíz de la crisis económica, la Generalitat corrigió ligeramente el rumbo mediante una moratoria que no autorizaba hasta 2015 la construcción de nuevos puertos, aunque permitía la ampliación de los existentes. 
La proliferación de puertos privados llamados “deportivos” y el exceso de embarcaciones de recreo que apenas se usan unos contados días al año han desfigurado muchos puntos de la costa, en el marco de una actividad constructora primordialmente especulativa en la que el aspecto deportivo resulta irrisorio en comparación con el impacto provocado. Cuando determinadas construcciones como esas demuestran de forma tan reiterada sus efectos nocivos, deconstruir es la decisión más sensata y por consiguiente más improbable. Hay promotores capaces de clavar una puñalada al paisaje y pretender que es por el bien de todos. 
El periodista Ramon Iglesias puso ayer el dedo en la llaga al escribir en su Facebook que es preciso “poner sentido común. Miles de personas tienen barcas para usarla una semana al año. ¿Y si se crease un sistema de alquiler potente? ¿Y las marinas secas? En última instancia, poner limitaciones y, cuando no entren más barcas, prohibir su incremento. Por 200 personas que tienen barca en un pueblo no se puede destruir el paisaje de la mayoría construido durante millones de años. Es terrorismo ecológico y homicidio paisajístico. A mi, y a la mayoría de gente de mi pueblo de origen, me han destruido el paisaje para que cuatro tíos paseen la barquita”. 
Le entiendo perfectamente, a mi también. El puerto “deportivo” de Llafranc desfigura desde 1970 una de las bahías más bellas del país en beneficio de 140 amarres particulares y además debe ser dragado cada año por mala construcción. La fantasiosa calificación de puerto deportivo encubre un puerto absurdo, mal construido y cegado sistemáticamente por los movimientos de arena que él mismo provoca, cuando los temporales de levante barren la playa en su reflujo y la arena choca con el obstáculo del puerto, que la embolsa y acumula. Los ingenieros no lo tuvieron en cuenta. 
Camiones de grandes dimensiones y palas excavadoras trasladan cada invierno 100.000 metros cúbicos de arena de un extremo a otro de la bahía de Llafranc para que el puerto pueda seguir siendo operativo. La arena extraída de la bocana suele ser fangosa, contaminada de hidrocarburos, grasienta y sucia. Una vez desplazada, la maquillan para los bañistas con un par de camiones de arena más limpia por encima. 
“Una obra para ricos con mentalidad pobre”, escribió del 6 de junio de 1970 el semanario Destino a propósito del error promovido y regentado por el Club Náutico Llafranc, como propiedad particular destinada a sus socios, dentro de una concesión administrativa del espacio público durante 99 años por parte del ministerio de Obras Públicas de la época. 
Solo es un ejemplo, aunque no una excepción.


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