21 feb. 2017

No sé verle la santidad a Jerusalén, más bien lo contrario

Todavía no me apetece visitar Jerusalén. Eso no significa que no me atraiga, que no le dedique más interés que a otras capitales que he visitado, pero es una ciudad demasiado santa y demasiado hipócrita para mi, la cuna de las tres grandes religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo, islam) que durante largos siglos se han combatido sanguinariamente. El trabajo sucio lo realiza hoy el Estado de Israel, con bula para infringir durante décadas las resoluciones de la ONU que le implican. No se ha atrevido aun a colocar en Jerusalén su capital de iure, aunque lo ha hecho de facto. ¿Tierra santa? Más bien todo lo contrario. Tierra de odios
desmembrada y lacerada, caja negra de enfrentamientos antiguos y actuales, altar de la anticonvivencia, vergüenza de las grandes religiones. Algunos turistas peregrinan a ella sin ver más que lo que tienen previsto ver.
La enorme carga simbólica de Jerusalén para las tres religiones monoteístas debería constituir una plataforma de acercamiento entre ellas, si empezasen a abandonar el dogmatismo, el enfrentamiento y la guerra. Las religiones, como las patrias, deben ser compatibles dentro de un proyecto común, pese a que este principio básico se haya visto pisoteado de forma tan sistemática. 
La fuerza de Jerusalén debería ser unificadora, si a los creyentes y sus dirigentes les quedase algo de humanidad al lado de la religiosidad. Hoy la convivencia resulta impensable, si antes no se admite el respeto del otro y, también, el respeto de la laicidad y la libertad de pensamiento. En la vida civil ha costado muchos siglos alcanzarlo. La vida religiosa ha quedado rezagada en el camino.
La guerra fundacional de Israel de 1948 llevó a sus tropas a ocupar la parte occidental de la ciudad e instalar ahí el parlamento de la Knesset y las dependencias del gobierno, al mismo tiempo que las tropas jordanas entraban en Jerusalén Este y saqueaban el barrio judío. La Guerra de los Seis Días de 1967 permitió a los israelíes poner toda la ciudad bajo su dominio. 
Los Acuerdos de Oslo de 1994 entre Israel –gobernado entonces por el Partido Laborista de Isaac Rabin -- y la OLP de Yasir Arafat sobre la solución de los “dos Estados” y la paz a cambio de territorios autorizaron la creación de un Estado palestino desmilitarizado, rodeado por el ejército israelí, en los territorios ocupados desde 1967 en Cisjordania y Gaza, que representan el 22% de la Palestina anterior a la creación de Israel. Pero no abordaron el tema pendiente de Jerusalén, reivindicada como capital por ambos bandos. 
Aquellos acuerdos costarían la vida a Isaac Rabin en el atentado cometido por un extremista religioso judío. El actual gobierno conservador del partido Likud de Benjamin Netanyahu necesita para mantenerse el apoyo parlamentario de los grupos ultraortodoxos en religión y ultranacionalistas en política 
Debe ser la única ciudad del mundo con tres días oficialmente festivos por semana: el viernes de los musulmanes, el sábado de los hebreos y el domingo de los cristianos. Jerusalén cuenta hoy 800.000 habitantes, de los que 500.000 son israelíes y 300.000 palestinos. 
Los barrios árabes significan cerca del 40% de la población y del territorio de la ciudad, sin embargo reciben menos del 15% del presupuesto municipal. Los permisos de construcciçon se les conceden por la autoridad israelí con cuentagotas, a pesar la fuerte natalidad palestina. Contra la llamada “resistencia demográfica”, insalubridad y hacinamiento. Proliferan en paralelo los nuevos asentamientos israelíes en todos los territorios ocupados, incluida la ciudad santa de Jerusalén, pese a haber sido prohibidos con reiteración por las resoluciones de la ONU.

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