12 abr. 2017

Elogio de una nube en el luminoso cielo pascual del monasterio de Pedralbes

Ayer fui de paseo al monasterio barcelonés de Pedralbes y, situado en el claustro, quedé embobado ante una magnífica nube algodonosa casi detenida en el cielo victorioso de primavera, como si esperase morder al Dios severo de las alturas. Me entretuve con esa visión espontánea, hasta olvidar toda la monumentalidad restante, a los demás visitantes y a las ocho monjas clarisas que lo habitan. Me entretuve un largo rato, acodado en la baranda del claustro. El contorno perfectamente dibujado de la nube, de un perfil pictórico impresionista sin perífrasis, me pareció dotado de mayor contundencia poética, conmoción imaginativa, potencia evocadora, energía formal, densidad emotiva, relevancia simbólica, intrepidez mental, tono
narrativo y estímulo deductivo que las joyas históricas del recinto fundado en 1326 por la reina Elisenda de Montcada, consorte de Jaime II de Catalunya-Aragón, en particular los murales góticos que pasan por obra capital del Trecento catalán, con un eco de Giotto.
Agustí Fancelli decía que en toda la ciudad no hay mejor lugar para pensar en Italia y tenía toda la razón. Pero yo veía sobre todo la marcada armonía de la nube, cargada de amabilidad, ternura y compasión, como un beso dado sin ningún virtuosismo ostentoso ni heroico.
Se trataba de una simple nube. Sin embargo me pareció que representaba, en el radiante cielo pascual (todavía de pasión, en realidad ), una lección de lucha y esperanza, de equilibrio en movimiento, de conciencia sobre el destino del paso del tiempo, com si fuese el resultado no siempre recompensado del esfuerzo frente a dudas y anhelos, una frágil y bella concesión a la necesidad de descifrar las cosas. 
Me dije a mí mismo, con la mirada anclada en la nube, que el ansia instintiva de conocimiento, de belleza, de libertad y amor es indestructible, con frecuencia superflua pero irrevocable. Tan solo era una nube gaseosa, aséptica, soñolienta y atractiva. La naturaleza resulta caprichosa, inexacta y arbitraria, pero todo lo demás solo acostumbra a ser vanidad o simples ganas de hablar. De modo que me quedé con mi predilección puesta en la nube. 
Quizás iba preparado para que me sorprendiera. Solo pretendía pasear por el recinto monástico, habilitado para la plácida visita pública. Pero el simple hecho de caminar ya remueve el aire y yo procuro estar siempre abierto a las sorpresas favorables, a los antídotos casuales contra los bajos instintos de la rutina, el yeso reseco de las virtudes perdidas, la indigencia o el desconsuelo de los principios morales carcomidos. 
Hay vacíos incurables, por eso escribimos. A veces escribimos demasiado (la madre de Gustave Flaubert le reprochaba: “La furia de les frases te ha secado el corazón”). Otras veces la mirada ancha, destinada a errar (tanto en sentido de errático como de error), a resistir, esperar, suavizar y consolar topa con una nube afortunada, una simple nube. Entonces no todo comienza y acaba en palabras. También cuenta el secreto, el sentido y la razón de una nube pascual centelleante, afrutada y viva. 
No todas las emociones tienen que ser arrebatadas y deslumbrantes. También puede haberlas serenas, lentas, ligeras y no por eso menos apetitosas. Era una nube con capacidad de dirigirse al corazón y entrarle sin fanfarrias ni charangas. Una nube resurrecta de Pascua, vista y acariciada como un milagro terrenal. 
No fui al monasterio de Pedralbes para asistir a ningún oficio religioso, solo a pasear, aunque comparto con las personas de fe religiosa algo importante: ellas creen en los milagros y yo también. De hecho viví cuatro o cinco a lo largo mi vida. Otra cosa es que me hayan durado. En cambio los suyos dicen que duran toda la eternidad, y en eso me ganan admirablemente. Supongo que la nube de ayer encarnaba algún milagro de los míos más que de los suyos.

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