8 dic. 2018

“El puente del mar azul”: una gran noticia que no debería serlo

Se acaba de traducir al castellano El puente del mar azul, de Lluís Nicolau d’Olwer.  Que los grandes libros catalanes se traduzcan al castellano no debería ser nada extraño, pero lo es. Este ha tardado noventa años, desde la primera edición de 1928. Hablo de uno de los libros más fascinantes de la literatura catalana, el viaje del helenista, latinista y político Nicolau d’Olwer a lo largo del Mediterráneo para seguir al rastro de Ramón Llull durante la expansión comercial catalana medieval y retratar la actualidad de aquellos escenarios. Lo hizo en condiciones difíciles, exiliado por la dictadura militar de Primo de Rivera, antes de serlo de nuevo por la de Franco. El profesor de literatura latina medieval de la Universidad de Barcelona también era concejal del
Ayuntamiento por la Lliga, que abandonó para crear Acción Catalana Republicana.
En representación de este partido fue diputado a Cortes y ministro de Economía del primer gobierno de la II República, antes de ser nombrado gobernador del Banco de España en 1936, Mantuvo el cargo durante la Guerra Civil y se exilió a continuación en México, donde murió en 1961.
El puente del mar azul es uno de los poquísimos intentos de exponer de forma inteligible la expansión catalana en el Mediterráneo. Lo utilicé como libro de cabecera de mi periplo posterior El Mediterrani ciutat, publicado el 1984. Su capítulo sobre la ciudad siciliana de Siracusa consituye una pequeña maravilla. 
Frente a la célebre Venus del museo de Siracusa, escribió: "Contemplen esta soberbia factura anatómica, observen la morbidez de estas carnes que la mano apresaría. Reparen en el leve temblor de este hombro, como si acabara de herirlo un aliento frío. Fíjense en la vida que toma todo su cuerpo de las vetas apenas visibles del mármol. ¿No quieren que sea la diosa naciendo de las olas? Bien: es una mujer saliendo del baño. Es la mujer en la plenitud seductora de sus gracias. ¿No tiene cabeza? Mejor. Sobre el cuerpo turbador y admirable pónganle la cabeza soñada, la de los ojos en que deseen reflejarse, la de los labios que les resulten más dulces".

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