19 dic. 2018

Gildas, el hombre de las aceitunas a la orilla del mar

Veinte años atrás Gildas Girodeau y su mujer Isabelle Piedallu decidieron trabajar el viejo olivar del Mas Boutet con una vista suntuosa sobre el mar de Collioure. A la vez, él escribe novelas negras y ella es urbanista y escultora. El olivar del abuelo materno de Gildas, René Boutet, era más pequeño. Ahora ya suma 12 hectáreas y una producción anual de 1.500 litros de aceite ecológico, que destilan en la almazara de Cornellá de la Rivière. Dispone en complemento de un par de habitaciones de agroturismo, jardín de plantas aromáticas y confituras de sus higueras y limoneros. La madre Odette Boutet se encamina con paso firme a los
92 años y acaba de abrir una exposición de sus pinturas en el vecino Domaine La Tour Vieille, la finca vinícola creada en 1982 por el colliurense Vincent Cantié a la entrada del municipio a fin de preservar los viejos bancales familiares de la voracidad urbanística del turismo rampante.
Trabajar un olivar como lo hacen Gildas e Isabelle equivale a practicar una fe milenaria, cosechar el oro luminoso del tiempo, casi a jugar con la eternidad y proclamarle a la cara, cosecha tras cosecha, que no todo está perdido ni se sitúa fuera de sentido. Se trata de un de los árboles más viejos y más bellos del Mediterráneo. También es cierto que los jóvenes olivos de apariencia enclenque son mucho más productivos que los viejos troncos esculpidos por los años.
Puedo pasar horas contemplando algunos olivos, el plumero tornasolado de las hojas de un gris plateado en el reverso y verde oscuro más luciente el anverso. Pero no puedo describirlos mejor que Josep Pla cuando decía: “Ningún árbol gana al olivo en nobleza. Ningún árbol lo iguala en gravedad señorial y claridad pensativa... Solo la fascinación por estos arboles puede explicar los millones y millones de horas de trabajo que los hombres han dedicado a convertir los olivares en un inmenso jardín de piedras”.
El pasado viernes paseamos por el olivar de Gildas (foto Quim Curbet) y la viña de Vincent en Collioure. Soplaba una tramontana enérgica, a Isabelle se le había terminado la confitura de sus higueras y quedamos en repetirlo.

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