9 mar. 2019

Elegía del color de Roma o el paso del tiempo como mérito

La gama de tonos ocres del intonaco o estucado que reviste las fachadas del centro urbano barroco de Roma se acerca mucho al color variable del bronceado de la piel humana. Más que una técnica de revestimiento, es un un maquillaje que pone de relieve la relación trabajada con el buen gusto, una muestra de la sabiduría de ejercer el encanto desde la primera impresión aparente. El encanto debe saber apreciarse de cerca y, a poder ser, desde dentro. La belleza a veces se deja poseer. Así, pues, el estucado romano dista mucho de ser solo una técnica de revestimiento. El color de la Roma barroca protagonizado por el intonaco de las fachadas ha constituido un leitmotiv de los esfuerzos descriptivos de algunos escritores. Sin embargo escribir no puede describir todas las sensaciones, muchas veces constituye un sucedáneo cojo de lo visto, sentido, palpado. Por eso el color de las fachadas barrocas de Roma es un símbolo de la belleza de la ciudad, porque conserva con orgullo y eficacia la riqueza comprobada de lo inexpresable, la supremacía de lo vivido sobre lo escrito. Algunas bellezas se resisten a dejarse escribir porque el trato que creen merecer debe ser más intencionado que una técnica
derevestimiento, ya sea el estucado o la literatura.
Contra el esquematismo de quienes sostienen que una imagen vale más que mil palabras, aquellas persinas que escribimos por oficio sabemos que una palabra puede sugerir mil imágenes con algo de suerte. Puede sugerirlas, difícilmente describirlas.
¿Qué significa sugerir? Es una palabra demasiado literaria, polivalente, aleatoria. Los profesionales nos hemos equipado con palabras comodín para los momentos de dificultad, en una pendiente inclinada demasiado a menudo hacia la quincallería.
La gracia del intonaco radica en la gama de tonos y su envejecimiento natural al contacto con el aire. Es una materia viva que digiere la humedad y la luz, incorpora el paso del tiempo y hace de ello un mérito, una progresión hacia la plenitud. A veces parece de un amarillo hepático apagafo, aunque más a menudo es del color del sol, del color del pan, de la yema de huevo, de la piel de melocotón, de la crema de San José, hasta alcanzar el matiz de la mostaza y la intensidad del azafrán.
Resulta difícil encontrar más que en Roma este sabio uso de la volubilidad del ocre como atmósfera urbana con las diferentes intensidades del tostado, matizada por la claridad de cada segmento del día. Aquí el ocre ha abandonado la noción empírica de color y se ha convertido en una calidez ambiental, la carne de esta ciudad bella y tramposa.

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