26 oct. 2019

Noticia: ayer la pasadera de Sobránigues sobre el Ter estaba abierta

Ayer viernes la pasadera de Sobránigues estaba abiert a la circulación, alguna autoridad más o menos competente se ha ocupado de limpiar los residuos y el barro del último aguacero. La noticia puede parecer trivial, pero no lo es para los habitantes de la comarca (este vado del río Ter les ahorra un considerable rodeo) ni tampoco para a mi, que tengo una estima muy particular por lo que rodea a esta pasadera que actúa de puente sin serlo del todo. Ayer retomamos con Quim Curbet nuestras excursiones, incursiones y excursos a lo largo de las comarcas gerundenses y fuimos a parar al pequeño universo del río Ter entre Sobrániques y
Colomers. La etimología griega de la palabra kósmos no significa tan solo universo, también orden y belleza (de ahí “cosmético”). Sobránigues es un pequeño núcleo ampurdanés de 37 habitantes agregado al municipio de Sant Jordi Desvalls, muy cerca de Flaçà. La carretera secundaria atraviesa la pasarela de cemento construida en 1985 pocos metros por encima del agua sobre la antigua pasadera de carros.
El lugar constituye un tarro de las esencias de la civilización de ribera, en el último tramo del Ter camino de la gola de Torroella Montgrí. El Bajo Ter nutre abundantes campos de cultivo, huertas, frutales y bosques de ribera de álamos, chopos, sauces, olmos y fresnos.
El destino de nuestra salida de ayer no era exactamente Sobránigues. Fuimos a echar un vistazo al poderoso atractivo de les cosas del río tal como lo entrevera la vida, ya sea en la placidez confiada de algunos días o en los periódicos manotazos de crudeza turbia.
En su soledad sonora, las copas de los arboles de ribera bailaban ayer en Sobránigues una samba melódica, cargada de benignidad, movidas por el viento ondulante que nuestra percepción avivaba. El émbolo del corazón bombeaba sin sobresaltos la pequeña lírica del alma. La vida caía por unos instantes en una dulzura momentánea, una ternura comprensiva.
Nos dejamos conmover en la pasadera. Una vez conmovidos, fuimos a comer un menú del día perfectamente acorde con lo que acabábamos de presenciar.

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