6 may. 2020

Aun no sabemos si existió Homero, pero nos conmueve igual

Cuando el intrépido emperador romano Adriano viajó a Grecia y visitó el oráculo más famoso en Delfos, al pie del monte Parnaso, le preguntó sobre el viejo misterio de saber dónde nació el gran poeta griego Homero de la Odisea y la Ilíada. Las sibilas zafaron con las habituales respuestas oblicuas. Todavía lo ignoramos, suponiendo que existiera y que su obra no sea una recopilación posterior de poemas orales de distintos autores. Los aedos o recitadores como Homero cantaban de ciudad en ciudad las aventuras legendarias de los héroes del pasado micénico lejano, mítico. Compuestos de forma oral mucho antes de ser transcritos, ambas obras homéricas implican un gran conocimiento del arte de la
poesía épica popular. La diferencia en comparación con epopeyas de otras culturas antiguas es la ausencia de finalidad religiosa, providencial o sobrenatural. Los dioses y los héroes griegos se movían por sentimientos humanos: “Plenos de eterna verdad humana, dentro de una atmosfera de poderosa fantasía que configura todo un mundo, a la vez real
y redimido de nuestra realidad”, dijo Carles Riba en su Resumen de literatura griega de 1937. El jonio Homero, si es que existió, debió ser hacia el 750 a.C. Tan solo conocemos a otro poeta griego más o menos contemporáneo, el Hesíodo de Los trabajos y los días y la Teogonía, aunque sin el mismo aliento épico de Homero.
La primera obra griega en prosa tuvo que esperar tres siglos, hasta la aparición del historiador y geógrafo Heródoto. Solo cincuenta años después de Heródoto, el historiador Tucídides relató la guerra del Peloponeso, incluyendo el famoso discurso fúnebre que puso en boca del gobernante Pericles a propósito de los soldados caídos a fin de exaltar los valores que defendía Atenas: “Amamos la belleza sin lujos y amamos el saber con sinceridad. Nuestro sistema político se llama democracia porque no tiene como objetivo la administración de los intereses de unos pocos, sino los de la mayoría”.
Pero entre toda la literatura griega, la fascinación más poderosa sigue siendo la que despierta el desconocido poeta Homero: “Cuéntame, oh Musa, aquel hombre de gran ingenio, que tantísimo erró, después que de Troya el sagrado alcázar tomase; de muchos pueblos vio las ciudades, el espíritu conoció…”. (Homero, Odisea 1, 1-10).

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