1 ago. 2017

El mundo se acaba: es una evidencia científica, no un vaticinio

Con pocos días de diferencia dos reconocidos científicos han recordado con contundencia lo que sabemos perfectamente sin quererlo saber: el planeta Tierra se va al garete por el mal uso creciente de los humanos. En el cosmos hay miles de millones de planetas, pero solo en uno se ha desarrollado la vida. Hace 3.500 millones de años las moléculas formaron en la Tierra estructuras capaces de reproducirse y alumbrar las primeras células, que se convirtieron en organismos cada vez más complejos y colonizaron este planeta. Un mamífero vertebrado de la familia de los monos desarrolló el cerebro más que otros seres vivientes y dio lugar al Homo sapiens hace apenas 100.000 años. Este centenar de milenios de vida inteligente de la Tierra transcurrió a un ritmo que se
vería ralterado y acelerado por tres revoluciones humanas.
A partir del año 7000 aC la revolución neolítica --mental, económica, tecnológica-- generó una nueva forma de sociedad de los humanos. Se caracterizó por el sedentarismo, la agricultura y la ganadería domesticadas, así como a partir del 3000 aC por el nacimiento de ciudades, civilizaciones e imperios que se dedicaron a la practicar la violencia para expandirse y progresar a costa de otros pueblos. La humanidad empezó a demostrar que una de las cosas que menos tiene es humanidad. 
La revolución industrial significó a partir del siglo XVIII una explotación a escala desconocida de los recursos del planeta, gracias a nuevos adelantos técnicos. También significó una explotación acentuada de unos humanos sobre otros.
La actual revolución digital, la inteligencia artificial y la robotización se produce en un momento de enorme fragilidad del planeta, por el agotamiento de los recursos naturales y el grado de contaminación acumulada. Son fenómenos quizá poco aparentes, aunque reconocidamente peligrosísimos. 
En este contexto se producen los gritos de alerta de los científicos más acreditados. Stephen Hawking declaró el mes de junio en el encuentro científico anual de Trondheim (Noruega): “No tenemos futuro si no colonizamos el espacio. No tenemos más opción”. Añadió que la vida inteligente que caracteriza exclusivamente al planeta Tierra tiende de forma comprobada a la autodestrucción, lo menos inteligente de todo. 
Pocos días atrás el arqueólogo Eduard Carbonell, coautor de los libros Planeta humano y Aun somos humanos, manifestó: “El colapso de la especie humana ya ha comenzado. Cualquier persona puede darse cuenta si se detiene a analizarlo. Cambio climático, extinciones masivas, desigualdad creciente... Más desigualdad conduce a más conflicto. Y más conflicto con más tecnología conduce a más destrucción. Este es el camino que hemos emprendido como especie. Actualmente nos sobran datos y nos falta reflexión. Las generaciones del futuro nos juzgarán por las consecuencias de nuestros actos. Lo mismo que nos preguntábamos nosotros sobre los nazis se lo preguntaran ellos sobre nosotros: ¿cómo es posible que hicieran algo tan horrible, que no se detuvieran teniendo toda la información que tenían, sabiendo la destrucción que estaban causando?”. 
Solo resta una alternativa. El progreso de las conciencias depende de una educación que incluya los valores de la sostenibilidad, el amor por la ciencia y la razón, el espíritu de paz, tolerancia y participación. Eso requiere una revisión práctica de algunas de nuestras complejidades tecnológicas, del reparto del poder y, sobre todo, del concepto de humanidad inteligente ante los engaños envueltos en papel de regalo que presenta continuamente la industria de los beneficios a cualquier precio. El progreso siempre ha sido una cuestión de ética, no de máquinas.
Albert Camus lo dejó claro en su discurso de recepción del Nobel de Literatura en 1957: “Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo. Sin embargo, la mía sabe que no lo rehará. Pero su tarea es mayor aun. Consiste en evitar que el mundo se deshaga”.

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