8 oct. 2018

Brasil cae muy lejos, o tal vez sea un efecto óptico

Mantengo un idilio personal con Brasil y me duele que la primera vuelta de las elecciones presidenciales de ayer domingo la haya ganado el candidato de la ultraderecha Jair Bolsonaro, calificado sin tapujos de violento, defensor de la antigua dictadura militar, racista y machista, fotocopia viva y tropical de Donald Trump. “Ele não” (Él no) ha sido el lema de las manifestaciones contra el candidato favorito en los sondeos La ola de simpatía popular que levantó la presidencia de Lula de Silva de 2003 a 2011 pudo asentarse sobre el crecimiento económico de aquellos años, gracias sobre todo al aumento del precio mundial de las exportaciones
brasileñas. Ahora el ciclo global ha cambiado y el gigante se encuentra en liquidación, a precio de saldo.
Lula da Silva no ha podido presentarse de nuevo, como era su intención, encarcelado en el marco de la tupida trama de corrupción endémica que caracteriza a un “país-continente” que reúne al 70 % del territorio de Suramérica y al 80 % de los habitantes del continente, con la misma población que nueve países vecinos sumados. También ostenta el dudoso privilegio de ser el de renta más baja en proporción a la población. 
Las enormes inversiones en Rio de Janeiro del Mundial de Fútbol de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016 no han cambiado nada. El flamante teleférico del Complexo de Favelas do Alemão (90 millones de euros de construcción) no funciona desde dos meses después de los Juegos. 
La manía nacional de tenerlo todo "o mais grande do mundo" no se aplica tan solo a la gloria de la geografía. También sirve para la desigualdad, la violencia, la inseguridad. Las autoridades califican de injustificada la imagen de desesperación social y llevan una parte de razón. La miseria y la violencia coexisten con la normalidad de quienes consiguen zafarse. 
Ese gran país y yo mantenemos el candor de creer en algún futuro, sin ocultar la crueldad de la batalla desencadenada entre la alegría y su descrédito. Él y yo seguimos esperando que se produzca en nuestras vidas un golpe de suerte, un plenilunio estable, una actuación de João Gilberto como las de antes. El candidato Jair Boljonaro representa todo lo contrario. 
Tudo bem” es la expresión que más se escucha repetir en Brasil. Se puede pronunciar en momentos, entonaciones y significados variadísimos, aunque coincidentes en definitiva. La desilusión existe como en todas partes, sin embargo aquí parece insostenible, como si se evaporase de forma espontánea en el vaho tropical. Las desgracias forman parte del paisaje afortunado y cada pena cree encontrar su analgésico. A Donald Trump y Jair Bolsonaro se los llevará el río de la historia un día u otro, seguramente.

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