Ayer asistí al funeral de un amigo que murió de aburrimiento. No padecía ningún cáncer, cardiopatía ni dolencia médicamente tipificada más que la presión sobresaturada del aburrimiento que le hipotecaba la energía. Estaba aburrido por la fuerza de circunstancias reales que aceptaba con deportividad y un humor lúcido inatacable, sin amargura ni martirio. Lo hablamos en repetidas ocasiones, dentro de la dificultad propia de penetrar en ese estado íntimo. Me aseguraba que el aburrimiento consistía sobre todo en la incapacidad no deseada de interactuar con los demás, ya fuese por ausencia de las personas que le interesaban o por el interés relativo de las que tenia esporádicamente al alcance. La pérdida del puesto de trabajo le había
