Las pequeñas carreteras interiores que recorren la Gascuña hasta Burdeos están escrupulosamente pulidas. Más que mantenerlas, parece que las barren y lustran. El coche desfila por ellas con aire de carroza. El paisaje se ve labrado hasta peinarlo. Es uno de los escenarios míticos de la Francia rural, marginado del desarrollo económico durante siglos y ahora hipertrofiado de prestigio, como el hígado cebado a la fuerza de sus célebres patos y ocas. Es la tierra del armañac y D'Artagnan. Demasiada historia, demasiada belleza desmentida por la emigración. La llanura abrazada a un lado por el Pirineo y al otro por el río Garona está formada por colinas y hondonadas, miradores y cobijos. Los horizontes se superponen sin ceder a la veleidad de infinito, como solo se produce en tierras que mesuran la dificultad de ser trabajadas y vividas a escala de la vida cotidiana de la gente del lugar, a quienes la belleza natural no se lo facilita todo.
