La salida de la estación de metro Llucmajor (Línea Amarilla) me estampa contra el monumento a la I República que se alza en la plaza, un desnudo femenino alegórico de grandes dimensiones, una madonna laica y feminista, obra del escultor Josep Viladomat. Levanta el brazo izquierdo enarbolando las hojas de laurel que simbolizan la victoria, tal vez la paz, la piedad y el perdón. El sol mañanero imprime al bronce un destello más vivo. Miro a la República a los ojos y le dedico una jaculatoria. Acto seguido enfilo el Paseo de Valldaura, un amplio bulevar que suma cuatro hileras de magnolios, chopos y palmeras. Sigo a las amas de casa que tiran del carrito de la compra y en seguida me sitúan ante el portal renovado del mercado de la Guineueta. En el centro del recinto veo la larga barra del Bar Yolanda llena de platos en exposición. Una chica rubia trastea en los fogones de espaldas al público. Entonces pronuncio la contraseña: “Buenos días, Yoli”. Ella se gira, me lanza una mirada amable detrás de las gafas de montura negra de carey y me ofrece la mejor sonrisa de bienvenida, sin dejar de revolver la sartén o la cazuela. Me fijo inevitablemente en el plato que está ultimando en aquel momento, aunque todos los demás de la barra también los ha cocinado ella desde las cinco
