Uno de los días culminantes de la delicia minoritaria de la playa en invierno es la llegada por mar de los Reyes Magos al anochecer del 5 de enero a la playa de Llafranc. Se trató en su origen de una iniciativa espontánea de las pocas familias con niños que vivían allí en invierno y ahora ya cumple más de 45 años de persistencia, consolidada como uno de los pequeños espectáculos más fabulosos del país. Posee el espíritu y la medida que hubiese convenido mantener en tantos otros aspectos de la Costa Brava. Ha echado raíces en una hendidura de la norma mayoritaria, como para demostrar que no se rompió del todo el molde. En el ágora llafranquina de la terraza del hotel Llevant, los propietarios Montserrat Turró y Jaume Farrarons, el pintor Rodolfo Candelaria y Brigitte Robert decidieron la víspera de Reyes de 1969 que los Magos también podían llegar en carne y hueso a la playa de Llafranc si se les invitaba, para deleite de los hijos pequeños del establecimiento y de todos los niños del lugar que se sumasen. En efecto, aquel 5 de
