La llegada de la Semana Santa dicta la operación anual de labrar las playas barcelonesas con tractores, hasta medio metro de hondo para que la arena se airee y que la penetración de los rayos del sol tenga un efecto higiénico. Pese a la aparatosidad de la operación, esa limpieza apenas equivale a lavarse la cara como los gatos. El principal problema es la continua pérdida de anchura practicable de arena en las playas, hasta unos quince metros y un 28% de superficie de promedio en Barcelona. Culpar a los temporales de otoño e invierno es demasiado fácil y engañoso. La responsabilidad es de los puertos deportivos y los espigones mal
