Las épocas en que ocupé algún cargo me tocaba acudir cada mes de julio al desfile de la feria de vanidades del Palacio de la Magdalena en Santander, donde la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo reúne un florilegio de sabios de cada ramo en un lugar asomado con elegancia a la bellísima bahía de la capital cántabra. Una proporción de asistentes dominaba visiblemente el arte de los pasillos, las palmaditas en la espalda y las cenas de compromiso. Por mi lado procuraba cumplir, aunque me escapaba a la primera ocasión a tomar el aire por el paseo en cornisa de la playa del Sardinero y a presentar mis íntimos respetos a uno de los pocos monumentos dedicados en este país a un bolerista. Se trata del busto erigido a la memoria del
