La alcachofa es exactamente una flor, la mejor flor del invierno. Comer en pleno frío invernal el corazón tierno de una flor carnosa como esta procura un placer sin comparación, tocado por el apetitoso regusto ácido y amargo que la caracteriza. El tesoro de la alcachofa es su núcleo interno, envuelto por la cota de malla de las hojas fibrosas, el receptáculo de los pétalos, sus escamas. Pablo Neruda escribió una “Oda a la alcachofa” que comienza diciendo: “La alcachofa, de tierno corazón, se vistió de guerrero…”. Las exquisiteces de esta flor son infinitas: en la sopa de menestra, en el arroz, en la tortilla, al horno, a la brasa, laminadas y fritas, rebozadas con harina y huevo, estofadas con bacalao, hervidas y mojadas
