Cuando una amable redactora de la editorial que se disponía a publicar mi libro De Carlos Gardel al tango electrónico escribió el resumen de la obra que figuraría en la contraportada, definió mi trabajo como una “tangografía”. Deduje que con aquel cuarto libro (que no sería el último) sobre historia del tango y más en particular del tango en Cataluña y España, me convertían en en algo tan horroroso como un “tangógrafo”. Los seguidores del flamenco suelen tenir una gracia muy salerosa en su lenguaje y convirtieron a los estudiosos llamados flamencólogos en flamencólicos. No me complacería ser un tangocólico, me basta con una silla chiquita de amante del tango. Lo he sido en unas épocas más que otras, dado que la vida fluctúa. En una ocasión la cantante argentina de tangos Elba Picó, residente en Barcelona, me pidió que le escribiese unas palabras para la carátula de uno de sus discos. Dije que el tango es sobre todo un baile que ha demostrado la capacidad de relevo generacional y de saltos continentales, una
