Descubrí años atrás la playa libre de Paulilles, oculta entre Banyuls y Port-Vendres, abrigada de tramontana por la mole del cabo Béar y festoneada por las viñas verdes hasta la orilla del mar, dentro de un paisaje táctil, ordenado y detallista. Una amiga del lugar me llevó. Experimenté una sensación viva y cruda, como los ostrones de roca que arrancábamos de un manotazo bajo el agua del acantilado, cuando sosteníamos una relación carnal con el territorio. Regreso con frecuencia, en verano y más aun fuera de temporada, para desentumecer las piernas y les competencias emocionales, ensanchar los pulmones, oxigenar la mirada, fortalecer el sistema inmunitario y comprobar cómo en invierno florece aquí antes que en ninguna
