9 nov. 2012

Sigan escribiendo cartas, por favor

La reciente publicación de la intensa correspondencia mantenida entre Paul Auster y J.M. Coetze, convertida en el libro Ahora y aquí. Cartas (2008-2011), viene a desmentir la estrepitosa profecía que todos lanzamos sobre la desaparición de la costumbre de escribir cartas y por lo tanto del género literario epistolar, después de la proliferación del correo electrónico, los SMS y otros innovadores sistemas de comunicación sincopada e instantánea entre personas. El vaticinio no se ha cumplido, se siguen escribiendo y enviando cartas personales, el viejo y fecundo género epistolar
persiste con excelentes resultados como este. De acuerdo, según los cálculos de los servicios de correos las cartas personales representan el 5 % de la ingente correspondencia que circula por el mundo. El porcentaje me parece suficiente, incluso prometedor.
Grandes obras de la literatura pertenecen orgullosamente al género epistolar, como Les liaisons dangereuses, de Pierre Choderlos de Laclos, por poner solo un caso. La edición de epistolarios ha dado grandes momentos, como las Cartas a Olga, de Antón Chejov; las Cartas a Louise Colet, de Gustave Flaubert; las Cartas a Milena, de Franz Kafka, las de Henry Miller a Anaïs Nin, publicadas bajo el título Una pasión literaria: correspondencia; las Cartas da amor a Nora Barnacle, de James Joyce; las Cartas a sus amigos, de Marguerite Yourcenar; las Cartas a mí mismo, de Ramón Gómez de la Serna, o más recientemente El abrecartas, de Vicente Molina Foix. La especialidad ha sido estudiada con agudeza, por ejemplo en el trabajo de Carlos Monsivais El género epistolar: un homenaje a manera de carta abierta. En las obras completas de algunos grandes escritores, añadir la correspondencia ha ilustrado muchas veces con una luz más clara todavía el conjunto de su producción y su vida. El último libro de cartas entre Auster i Coetze se me antoja como la prueba de una renacimiento.

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