23 oct. 2013

El poderoso aliciente de la invectiva “¡Eso no es tango!”

Una de las pocas cosas en que se han puesto de acuerdo --laboriosamente-- los estudiosos, historiadores, opinadores y amantes del tango es que no se sabe de dónde viene la palabra. Todos entienden lo que designa, aunque haya designado cosas muy distintas a lo largo del tiempo. El denominador común de las variantes sigue siendo la capacidad del tango para convertirse en una leyenda real. De los orígenes no se sabe nada concreto, igual como ocurre con tantas cosas importantes de este mundo. Retazos de crónicas de época permiten conocer el ambiente de nacimiento del nuevo baile, surgido a fuerza de retocar los estilos precedentes (milonga, habanera, candombe), de los que derivó el tango con el toque de originalidad que le
permitiría singularizarse y pervivir. Ahora bien, la manera como las cosas derivan en Argentina no sigue las mismas vías de otros sistemas sociales más tributarios del racionalismo. En Argentina las cosas suelen derivar por vías aluviales, en dimensiones y cadencias más intensas que en el Viejo Mundo. Los propios argentinos no derivan de linajes nativos. Com es sabido, los argentinos "descienden de los barcos".
También por eso la filiación del tango es conjetural, aunque no excluya algunas certezas. La bibliografía sobre tango, a la que yo mismo he contribuido de forma exagerada, posee la longitud oceánica del estuario del Río de la Plata y el horizonte infinito de la pampa, su riqueza en emulsión, sus dimensiones alejadas de las usuales en los microscópicos países europeos. La geografía minifundista de matices del Viejo Continente cabría en cualquier provincia austral. Allí los fenómenos culturales, igual que los naturales, se asientan sobre un insólito grosor de materia prima. El Nuevo Mundo creció con el ímpetu, la rapidez y la ligereza propios de aquella fase fugaz en que la naturaleza parece regalarlo todo. 
Tras nacer en los bajos fondos y casas de lenocinio (dos conceptos muy amplios), el tango mostró una veloz propensión a sumar etapas encadenadas, con una proverbial capacidad de regeneración a lo largo de estilos sucesivos. La exclamación "!Eso no es tango!" ha sido la más recurrente desde el primer momento –hasta hoy-- para desautorizar cada salto del género en comparación con la pauta anterior, ya fuese contra las innovaciones de Julio de Caro, Astor Piazzolla, Eduardo Rovira, Gotan Project u otras. La frase proferida como aviso de extinción representa en realidad una fe de vida, un certificado de regeneración. Les pautas han cambiado hasta límites alejados de la etapa precedente y han incorporado ingredientes desconocidos, pero todos se reclaman como tango, aquella definición imprecisa y a la vez universalmente reconocida. 
El tango no tiene cédula de identidad con datos exactos, es tan solo un alias con largo historial. Nació y se crió en el burdel, aunque su existencia habría sido muy corta de no haber conquistado inmediatamente otros ambientes burgueses, adaptándose a ellos a cambio de ofrecerles el eco de su origen, unas gotas de la insolencia de partida, un resabio del su pecado bautismal. Desde entonces ha cambiado varias veces de plumaje, su fuerza de atracción ha galvanizado elementos muy distintos, pero ninguno de ellos ha querido desprenderse del nombre. Ha habido muchos tipos de tango y el tango ha sido todos. La trenza presenta muchos nudos. En realidad son eslabones de crecimiento, espoleados en cada época por la ridiculez de la invectiva "!Eso no es tango!".

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