20 jul. 2014

Retorno con amigos al hayedo: ¡oh compañía, oh librante prisión!

La gente de Argelés (Rosellón) tiene un templo natural en el hayedo de la Maçana, la extraordinaria arboleda de 336 hectáreas con ejemplares tricentenarios que crecen en la fronteriza sierra de la Albera, identificada en la línea de cresta por el faro de piedra de la torre de la Maçana. Se encuentra apenas a 5 km de distancia del Mediterráneo, donde el Pirineo se zambulle con visible voluntad de estilo. Para los argelesianos el hayedo representa una cuestión totémica. El colega periodista argelesiano Bernat Rieu es uno de los mejores conocedores del territorio y de la historia –la libresca y la vivida—de la Albera. Me ha hablado de ella con un chispeo de la mirada que solo es capaz de encender el enraizamiento biológico cuando entra
en contraste con la realidad amada, observada, recorrida, analizada y descrita paso a paso.
Bernat Rieu ejerce ahora de concejal del Ayuntamiento de Argelés. No tendría mayor importancia entre sus incontables actividades si no le hubiese facilitado el permiso oficial para acceder en vehículo todo terreno al protegidísimo recinto sagrado del hayedo, acompañado por el biólogo figuerense Josep M. Dacosta (otro atlas comarcal con piernas) y por mi, avalados como ciudadanos movidos por sentimientos pacíficos y conocimientos demostrados. Al hayedo, como al templo, no se accede de cualquier manera. 
He escuchado las explicaciones de Bernat Rieu a lo largo de la caminata y le he planteado las preguntas pertinentes, pero solo lo he hecho para cubrir les apariencias. Más que el hayedo, mi interés era otro. Deseaba ver de nuevo el chispeo de los ojos de un amante informadísimo como él cuando acopla sobre el terreno el amor del territorio natal con la realidad cambiante que ama, observa, recorre, analiza y describe paso a paso. El objetivo era ese, el árbol que más me interesaba era él, el bosque que más me atraía es su manera de expresarlo, a veces tan solo con un chispeo de los ojos. El amor del territorio es esto y lo demás son declaraciones oficiales. 
El hayedo de la Maçana representa una excepción a todos los efectos, comenzando por los humanos. “Des de que nací en1947 –dice Bernat Rieu— he visto la torre de la Maçana y el llano de Sallfort porr la ventana de mi habitación. En la infància mi abuela pidió a uno dels mosos que trabajaba para la nuestra familia que me llevase con frecuencia a la montaña de Argelés, porque veía que me gustaba. Me enseñaron a conocer palmo a palmo la montaña de la Maçana y su extraordinario hayedo, que sería a partir de 1973 la primera reserva natural de la Albera. He visto retroceder la identitdad alberense al ritmo de la desaparición de las actividades tradicionales: el contrabando, las masíass, les cabras con el queso, las castañas, las cerezas, las vacas fagines, el corcho, la pesca, la viña”... 
El haya pertenece a la fam estacional de les onalment humidesficials. is, elspeus secss zones dee muntanyailia de los robles, las encinas, los arces y los castaños. La humedad que precisa lo hace más corriente en zonas atlánticas que en las mediterráneas, aunque aquí encontremos ilustres hayedos en la umbría de algunas zonas de montaña o valles excepcionalmente húmedos. Es el bosque típico de leyendas y rondallas misteriosas por la frondosidad sombría, el espectacular cromatismo estacional y las fantasiosas formas tentaculares de las raíces superficiales. Es un bosque que murmura historias. 
La imagen nórdica o centroeuropea de las hayas –densas, sombrías, húmedas—les ha procurado entre nosotros un prestigio por encima de los pinares, los encinares y los alcornocales del secano local. También es el bosque típico de hongos, líquenes, musgos, helechos, enebros, acebos, bojes, salamandras, tritones, lagartos, víboras, petirrojos, pinzones, mirlos, arrendajos y alguna becada, búhos, lechuzas, conejos, zorros, tejones, comadrejas, jinetas, algún corzo y, últimamente, muchos buscadores de setas. 
Los hayedos ya no sirven como antes para producir carbón, leña o madera noble de ebanistería. Los múltiples oficios y rendimientos daban a los hayedos una vitalidad y un tránsito no solo vegetales. Hoy la madera de haya procede de los países del Este, la leña de haya solo se singulariza en los hornos de las pizzerías (provoca menos cambios repentinos de temperatura) y el serrín de haya en los cultivos industriales de setas. 
Los hayedos se han convertido en una curiosidad con funciones expositivas y poéticas, además de las medioambientales. La utilidad poética resulta tan esencial como las demás. Tan solo un poeta, en este caso Guerau de Liost en La muntanya d’ametistes, podía expresar con tanta agudeza : « El haya es gótica como el abeto./ Mas el abeto sube oscuro, áspero,/ sobrias las hojas, el tronco derecho,/ ya que es un gótico primitivo./ Mientras el haya trémula sonríe/ con su follaje transparente/ donde la ardilla cuelga su nido,/ ya que es de un gótico floreciente ». 
La Fageda d’en Jordà representa un caso de hayedo a parte, más conocido que el de la Maçana, con 900 hectáreas entre los términos de Olot, Santa Pau y Les Preses. Constituye otro hecho excepcional por la baja altitud y el terreno llano (los científicos lo justifican por el microclima de la cubeta atlántica olotense), pero sobre todo gracias al popular poema que Joan Maragall le dedicó en 1911, el mismo año de su muerte: « El caminante, cuando entra en este lugar,/ comienza a caminar con lentitud;/ cuenta sus pasos en la gran quietud,/ se detiene, y no oye nada, y está perdido./ Le embarga un dulce olvido de todo el mundo/ en el silencio de aquel lugar profundo,/ y no piensa en salir o lo piensa en vano:/ se encuentra preso de la Fageda d’en Jordà,/ prisionero del silencio y el verdor./ Oh compañía ! Oh librante prisión!». 
Al bajar del hayedo de la Maçana, Bernat Rieu me ha dicho a media voz, como una confesión a despecho: “El bosque se ha conservado, la población del bosque no”.

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