25 sept. 2014

Fernand Braudel no logró encontrar el alma de Francia

El año 1971, en el zenit de la celebridad profesional, el historiador Fernand Braudel quiso acometer lo imposible: encontrarle al alma a Francia, describirla y argumentarla. Era el tercer gran proyecto de “larga duración” de su carrera, tras de el éxito de 1949 con El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II y de 1979 con Civilización material y capitalismo. El contrato establecido con la editorial Flammarion estipulaba que La identidad de Francia tendría cuatro volúmenes, de los que la muerte acaecida en 1985 solo le dejó terminar los dos primeros, las 1.100 páginas publicadas póstumamente en 1986. Fueron suficientes para comprobar como en aquella obra de madurez, de culminación de un itinerario profesional tan destacado, le temblaron las piernas al borde del abismo argumental, tal como él mismo apuntaba desde la introducción: “¿He tenido razón en titular el volumen La identitat de Francia? La palabra me ha seducido, aunque no ha dejado de atormentarme durante años”. Le habría atormentado menos si se hubiese inclinado por
la misma palabra en plural.
Fernand Braudel señaló de entrada, a modo de advertencia: “Cuando los geógrafos, los historiadores, los economistas, los sociólogos, los ensayistas, los antropólogos y los politicólogos se ponen de acuerdo en constatar la diversidad francesa, incluso cuando lo hacen con cierto placer o apetencia, es para marcar una reverencia y acto seguido dar la espalda e interesase tan solo por la Francia una. Como si se tratase de desviar la mirada de lo accesorio o elemental para reorientar-a hacia lo esencial: no la diversidad sino la unidad, no la realidad sino el deseo, no las fuerzas hostiles o extranjeras a París sino la historia de Francia reconducida hacia su recta línea nacional”. 
Esta misma es la sensación que procura su libro. El despliegue de datos de detalle sobre la diversidad francesa se escapa muy poco del runrún de fondo, insorteable, de la “recta línea nacional”. Al abordar el tema del feroz centralismo parisino y su política uniformista, Braudel le encuentra una explicación: “Es cierto que la preeminencia de la Francia de oil [la del norte] ha marcado nuestro país con el sello de una distorsión, una disimetría casi catastrófica. Sin embargo me pregunto si habría sido distinto con una Francia centrada por Ruán, per Lyon o Toulouse. Toda unidad nacional es superestructura, una red lanzada sobre regiones dispares. La red desemboca en la mano de quien la empuña, en un centro privilegiado. La desigualdad se instala entonces por sí sola. Me pregunto si ha existido en todo el mundo una sola nación que no sea asimétrica. Queda por saber si habría sido posible –creo que no—prescindir del estado unitario, vivir tan solo a escala de las regiones. Fueron autónomas, dominantes durante un tiempo, después van dejaron lógicamente de serlo. Yo creo en una cierta lógica de las naciones”. 
Como siempre, el mito de la unidad frente al mundo real de la diversidad, la tarea del Estado como modelador de la uniformidad en lugar de vertebrar la diversidad, administrar la pluralidad y respetar la asimetría y admitir una identitat heterogénea, movil, abierta e intrincada.
“En nuestro territorio se enfrentan desde siglos atrás --reconoce Braudel— dos civilizaciones subyacentes, cada una con un reino lingüístico: la civilización oil, que ha salido victoriosa, y la civilización oc, a la que el destino ha reservado una situación, a grandes rasgos, de casi colonia. El norte la ha aplastado con su éxito material (...) Generalmente lo que sucede en el norte no sucederá de la misma manera en el sur y viceversa: la civilización (la manera de nacer, vivir, amar, casarse, pensar, creer, reír, alimentarse, vestirse, construir casas y agrupar campos, de comportarse los unos con los otros), no es casi nunca la misma entre el oui nórdico y el oui meridional, entre oil y oc. En el sur había, hay aun y habrá siempre ‘otra’ Francia”. 
Las comillas que Braudel coloca en la penúltima palabra “otra” indican el pudor que la afirmación todavía despierta, como un arañazo furtivo a la sacrosanta idea de unidad nacional. Atribuir la supremacía del norte al “éxito material” pasa silenciosamente de puntillas sobre las causas políticas del desarrollo desigual.
Y entonces Braudel remata: “La única gran ciudad interior, al margen de París, es Toulouse. Incluso con el peso terriblemente desigual de ambas ciudades (ayer y hoy), la comparación parece lógica si se reflexiona. ¿Acaso no son los centros de gravedad de las dos mayores cuencas sedimentarias de Francia, la cuenca de París y la de Aquitania? Toulouse se ve favorecida por su posición geográfica, cerca del Macizo Central, el Mediterráneo, los Pirineos, España y el Atlántico. Una región dedicada a los cereales, cercana y rica, equilibra su vida. El Garona puede compararse con el Sena, incluso si la comparación no le favorece. La ciudad también ha dominado durante siglos el universo plural y culturalmente dotado del Languedoc. Si la historia hubiese favorecido su lengua como hizo con la de Isla de Francia [París], quizás habría podido conquistar amplios espacios más allá del Ródano y en dirección al océano. ¿Es Toulouse un París que no ha triunfado? ¿Toma hoy la revancha con sus industrias y los 600.000 habitantes de su aglomeración? Estas ideas parecerán sin duda insólitas, pero ilustran en lo esencial, una vez más, la coexistencia de dos Francias, la oil y la oc. Me pregunto si París no ha inferiorizado, matado a distancia la ciudad de la violeta [Tolosa], igual como ha mantenido bajo dominio a Orleans o Reims, las rivales del norte en que la historia de Francia habría podido encontrar su centro de gravedad”.

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