30 dic. 2015

Indignidades de la República francesa y miseria moral del régimen de Vichy

El gobierno socialista francés acaba de decidir avanzar cinco años sobre los 75 previstos la desclasificación y libre consulta de los documentos judiciales y policiales relacionados con el régimen de Vichy, colaboracionista con el ocupante alemán, que gobernó Francia de 1940 a 1945. Se trata de un gesto sobre todo simbólico sobre un de los episodios más vergonzosos de la historia del país, más estudiado que asumido. La indignidad de la III República francesa comenzó de hecho cuatro años antes que el régimen colaboracionista de Vichy del mariscal Pétain, cuando en 1936 el gobierno de
izquierdas del Front Populaire encabezado por Léon Blum aplicó una durísima y ominosa política de no intervención en la Guerra Civil Española para no contrariar a sus aliados conservadores ingleses, con quien necesitaba mantener la entente ante el ascenso de una Alemania ya dirigida por Hitler. La política franco-británica de no intervención sentenció desde el primer momento el destino del gobierno legal español, su amarga soledad en el frente internacional, en comparación con la ayuda masiva brindada por Alemania e Italia a los sublevados franquistas.
En vez de enfrentarse al expansionismo hitleriano, los dos principales gobiernos democráticos de Europa occidental prefirieron "apaciguarlo" mediante concesiones continuas. No habría sido preciso ni siquiera un gesto de fraternidad del gobierno francés del Front Populaire, simplemente el respeto del derecho internacional que reconocía al gobierno legal español la libertad de comercio (incluido de armamento) son sus aliados vecinos. 
La segunda indignidad de la República francesa, desde antes de caer en la miseria moral del régimen de Vichy, fue el recibimiento reservado al medio millón de refugiados republicanos españoles en enero de 1939, un naufragio masivo ante el que nada quiso ser previsto por las autoridades francesas, advertidas con anticipación sobre la posible magnitud del alud. La República francesa ofreció un recibimiento militar gélido, degradante, cargado de menosprecio moral y material. Los republicanos españoles creían entrar en territorio amigo y se vieron tratados como ganado, a pesar de ser ciudadanos civiles o bien soldados regulares de un gobierno democrático en ejercicio, reconocido por la comunidad internacional. 
Unos 260.000 milicianos fueron amontonados los primeros meses por la República francesa vecina en los campos de concentración de las playas rosellonesas de Argelers, Sant Cebrià y El Barcarès sin ninguna instalación de abrigo. Casi la misma cifra de refugiados civiles (mujeres, niños, ancianos) fueron dispersados hacia el interior de Francia mediante convoys ferroviarios formados a menudo con vagones de mercancías. Tres cuartas partes de todos ellos ya habían regresado a España a finales de 1939, donde la suerte que les esperaba no era más halagüeña, como tampoco la de quienes se quedaron en Francia en vísperas de la Segunda Guerra Mundial y la ocupación alemana. 
Léon Blum había dimitido de la presidencia del gobierno francés el 23 de junio de 1937, sustituido por el radical-socialista Camille Chautemps. Retornaría al cargo el 13 de marzo de 1938, para cesar definitivamente un mes más tarde y ceder el puesto al dirigente radical-socialista Édouard Daladier, quien se alió con la derecha y puso fin al gobierno de Front Populaire. El nuevo gobierno Daladier de centro-derecha se mantuvo entre el 10 de abril de 1938 y su dimisión el 3 de setiembre de 1939. 
El ejército más numeroso del continente europeo, que se había beneficiado durante los años anteriores de presupuestos extraordinarios ante el rearmamento germano-italiano, no puso a disposición de los refugiados españoles durante el primer mes del operativo ninguno de sus medios más indispensables, como tiendas de lona, literas, estufas, cocinas o letrinas de campaña. "Ni una sola manta de sus reservas", escribió el periódico Le Midi Socialiste el 15 de febrero. 
Las autoridades francesas no consideraron ni por un instante la propuesta del jefe del Estado Mayor republicano, el general Vicente Rojo, para que las unidades pudiesen ser repatriadas de forma organizada a los frentes de combate que permanecían abiertos en las zonas Centro-Sur y Levante. El gobierno francés ordenó desarmarlas en la misma raya fronteriza, desmembrarlas de sus mandos y encerrarlas en campos de concentración improvisados sobre el arenal batido por el frío y el viento o en los prados nevados de las zonas de montaña, mientras el emisario del gobierno de París negociaba en Burgos con el general Franco su repatriación como vencidos. 
Las relaciones diplomáticas con Franco se anunciaron oficialmente el 27 de febrero de forma conjunta por parte de Francia y Gran Bretaña, cuando el gobierno legal español aun resistía en Madrid y Levante. Ambas potencias democráticas avalaban de aquella forma la derrota de la República española, antes de la caída de Madrid y del fin de los combates. 
Un año después del éxodo español, Francia encajaría otro más elevado todavía en la frontera del norte, a raíz de la huida hacia el centro y el sur del país de 10 a 12 millones de civiles holandeses, belgas y franceses que escapaban de la invasión alemana y sus bombardeos sobre las carreteras infestadas de fugitivos. La mayoría regresaron a casa al cabo de unas semanas o pocos meses. A nadie se le ocurrió encerrarles en ningún campo de concentración, como acababan de hacer con los refugiados españoles unos meses antes. 
Ante la ocupación alemana de 1940, prácticamente todas las autoridades francesas jugaron un papel de colaboración más o menos directa con el ocupante. Édouard Daladier todavía presidia el gobierno que vio como el ejército francés se desmoronaba en pocos días, en plena inoperancia frente al ocupante alemán. 
El comportamiento general de los franceses durante los años de ocupación alemana y el papel heroico atribuido a la Resistencia fueron tema tabú las décadas siguientes. El documental de Marcel Ophüls Le chagrin et la pitié en 1971 y la película del realizador Louis Malle Lacombe Lucien en 1974 iniciaron el deshielo de las conciencias, rematado por el impacto del libro La France de Vichy, del historiador norteamericano Robert O. Paxton. Vino a enmendar la página a las tesis mucho más conciliadoras de Raymond Aron, que desde 1954 sentaba cátedra con su Histoire de Vichy
El ejército francés fue barrido por los alemanes en seis semanas sobre el propi territorio en junio de 1940. Los 45 millones de franceses quedaron noqueados, inertes, al mismo momento en que la exaltación popular de los procesos totalitarios reinaba en Alemania, Itàlia y una parte de España. La derech francesa consideraba más peligrosa “la amenaza bolchevique” de la Unió Soviética –el miedo a la revolució suscitada en Francia por el tímido reformisme del gobiern de Front Populaire— que la carrera belicista del nacionalsocialisme en Alemania, vista como un parachoque frente a Stalin. 
El último gobierno democrático de la III República se formó en Burdeos la noche del 16 al 17 de junio. El presidente de la República, Albert Lebrun, aceptó la dimisión del primer ministro Paul Reynaud y encargó al mariscal Philippe Pétain, de 84 años, la formación del nuevo gobierno. El anciano militar no llegó al poder por ninguna vía ilegal, como tampoco Hitler en Alemania ni Mussolini en Italia. No se trató de un relevo en la presidencia de República ni de una remodelación ministerial, sino de un cambio de régimen, un golpe de Estado efectuado a través de los mecanismos parlamentarios. 
Pétain hizo abolir la constitución republicana por la Asamblea Nacional, reunida en el casino de Vichy, por 569 votos contra 80 y 17 abstenciones. La votación daba plenos poderes legislativos y ejecutivos a Pétain como presidente de la República y le encargaba la elaboración de una nueva constitución. El presidente de la República, Albert Lebrun, fue destituido. 
El 17 de junio del 1940 el mariscal Pétain anunció en una alocución radiofónica a los franceses: “Con el corazón encogido os digo hoy que es preciso detener el combate”. Al día siguiente se producía desde la BBC de Londres el célebre Appel du 18 Juin del general De Gaulle, subsecretario de estado de Guerra en el gobierno que acababa abandonar para oponerse a la colaboración con el ocupante: “Pase lo que pase, la llama de la resistencia francesa no debe apagarse y no se apagará”. 
De Gaulle era en Londres un hombre completamente solo, abrazado a la grandeur que otros no demostraron. Hitler ocupó Francia mediante una mínima inversión de tropas, gracias a que el gobierno francés de colaboración asumió las tareas de administración bajo autoridad alemana. Incluso después de la ocupación de la “zona libre”, hasta entonces bajo competencia de Vichy, Alemania no necesitó sumar más de 40.000 soldados de la Wehrmacht en un país de 45 millones de habitantes. La sumisión francesa fue general. 
Los primeros tímidos brotes de resistencia solo se produjeron a partir de 1942. Ni siquiera los comunistas participaron en ella antes de la ruptura del pacto germano-soviético y la invasión alemana de la URSS en junio de 1941. El historiador Paxton cifra en un 2% la población francesa implicada en la resistencia. 
El prestigio del anciano mariscal Philippe Pétain, héroe francés de la Primera Guerra Mundial (dirigió en Verdún la batalla más costosa en vidas humanas: 163.000 soldados franceses y 143.000 soldados alemanes muertos), fue utilizado por los alemanes y la derecha francesa. Pétain había sido ministro de la Guerra en 1934 y primer embajador francés en la España de Franco en 1939. Su gobierno colaboracionista de Vichy se pudo basar en la estructura del Estado preexistente: ningún prefecto de ningún departamento dimitió tras la ocupación alemana. 
El gobierno de Vichy no se contentó con hacer el trabajo del ocupante, inclusive la deportación de judíos. Fue el único país ocupado que intentó aprovechar la ocasión para llevar a cabo una “revolución nacional” interna, un nuevo orden político reaccionario al margen del sufragio electoral, una revancha sectaria contra el Front Populaire de 1936-38 y contra la III República, extinta de facto tras la ocupación alemana, igual como se había extinguido el II Imperio francés a raíz de la derrota en la guerra franco-prusiana y la consiguiente ocupación alemana menos de un siglo antes. 
Vichy no significaba una gestión administrativa del país ocupado, en el marco de las normas impuestas a los vencidos por el armisticio, como fue el caso en Bélgica o en Holanda. Era un gobierno reconocido por el ocupante alemán dentro de una política acordada de colaboración. El gobierno de Vichy no se opuso a los alemanes ni siquiera después del desembarco aliado en Normandía. Francia nunca estuvo oficialmente en guerra contra Alemania. 
Las tropas ocupantes alemanas huyeron de París, derrotadas por los aliados, el 24 de agosto de 1944. El Ayuntamiento parisino figura actualmente la placa que da nombre a un jardín del recinto en honor de los republicanos españoles de La Nueve, la compañía de avanzadilla de la Segunda División Blindada del general Leclerc que llegó primero que nadie para liberar la casa consistorial de la capital francesa. La práctica totalidad de los efectivos de aquella compañía (146 hombres de 160) eran republicanos españoles exiliados en Francia que quisieron seguir luchando en la Segunda Guerra Mundial, con la convicción de que la victoria de las potencias democráticas aliadas no barrería solamente del poder a Hitler y Mussolini. Su esperanza se vio defraudada, les engañaron. A cambio les dejaron entrar en la pequeña leyenda del republicanismo francès mediante aquella placa que les recuerda en los jardines del Ayuntamiento parisino. 
La Libération de 1944 y la depuración de los cargos de Vichy no alcanzó ningún clima de guerra civil entre resistentes y colaboradores. La mayoría de servidores de la dictadura se convirtieron en honorables cargos de la democracia, inclusive el futuro presidente socialista François Mitterrand: “Los grandes cuerpos del Estado sobrevivieron prácticamente intactos, una vez más, a un cambio de régimen”, observa Paxton. 
La justicia ordinaria dictó 7.000 penas de muerte por inteligencia con el enemigo, de las que se ejecutaron 800. Tres amnistías fueron aprobadas en 1948, 1951 y 1953. La autoridad del general De Gaulle y la política aliada de Guerra Fría hicieron que no durase la coalición electoral de posguerra entre los tres principales partidos de la nueva situación: el centrista Movimiento Republicano Popular, los radicales-socialistas y los comunistas. En mayo de 1947 los comunistas dejaron de formar parte del gobierno. La IV República gaullista empezaba a parecerse a la anterior III República como dos gotas de agua. 
La desclasificación avanzada de documentos de la época que acaba de decidir el gobierno socialista de París puede aportar sin duda numerosos detalles. Pero no harán cambiar la enorme dificultad de digerir, todavía hoy, las indignidades de la República francesa.

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