12 jun. 2016

Defensa de la nobleza de los chumbos, atacados per la pureza ecológica

Cuando salimos de excursión con mi amigo biólogo Josep M.. Dacosta y pasamos ante alguna chumbera (Opuntia ficus-indica), a mi la planta me despierta la ternura vinculada a éxtasis sencillos y agrestes que me han procurado sus frutos punzantes, cuando se saben coger y abrir. A él la misma visión le provoca todos los males, lanza un puñado de conjuros contra esa especie invasora y formula el deseo despiadado de verla erradicada por la espada flamígera de las campañas de pureza ecológica. Los dioses de la naturaleza, tan a menudo injustos, están dando más razón a su fe que a la mía. Les chumberas de todo el país son víctimas
en la actualidad del insecto de la cochinilla: chupa la sabia de la planta, la deseca y la pudre.
Los servicios botánicos de la administración pública no solo se abstienen de combatir la plaga, sino que ayudan a difundirla. Reconocen que han transportado palas de chumberas infectadas de la sierra de Collserola hasta las islas Medes, para que el insecto devastador se extienda a placer y elimine la carnosa cactácea oficialmente maldita.
Cualquier ciudadano se mostraría incrédulo si conociese la lista negra de 118 plantas declaradas especies invasoras a combatir por parte del ministerio del Medio Ambiente, adoptada a pies juntillas en esta ocasión por la Generalitat. No solo figuran algunas reconocidamente nocivas por la facilidad de expansión que excluye a las demás de su alrededor, como la uña de gato, sino también las mimosas y el árbol del ailanto, la robinia o acacia vulgar, los agaves, el jacinto de agua que tapiza algunos estanques, la caña común y la caña de plumero, además de las chumberas. 
El departamento de Medio Ambiente de la Generalitat ya hizo eliminar manu militari en 2010 un total de 3.000 toneladas de plantas invasoras alóctonas o exóticas –extranjeras-- como el bálsamo o uña de gato, la chumbera y el agave en el paraje purificado del Pla de Tudela, en el Cap de Creus. El objetivo era favorecer a la vegetación tenida por autóctona, dentro de una operación que a mi se me antojó de limpieza étnica. 
La ciencia local aun no ha asimilado el principio básico de la integración social, el cual asienta que es catalán todo aquel que vive y trabaja en Cataluña. A la flora todavía no se aplica. Algunos encuentran una nocividad insospechada a determinadas comunidades vegetales que considerábamos arraigadas de toda la vida. Puedo estar de acuerdo con respecto a la uña de gato, cuya proliferación he visto estrangular a toda la demás vegetación baja, por ejemplo en la isla de Portlligat (Cadaqués), de donde también fue eliminada sin contemplaciones. 
En cambio no he visto nunca que la chumbera estrangule nada en grado intolerable. Sospecho que quienes no saben apreciar la pulpa carnosa y refrescante de su fruto ovalado porque no se lo enseñaron, consideran equivocadamente a esta planta cactácea como propia del secano andaluz o el desierto mexicano. No, señores, no.
La chumbera ya estaba aquí mucho antes que el departamento de Medio Ambiente de la Generalitat. Tal vez venga de afuera, igual que los tomates, las patatas o el maíz, pero no es razón suficiente para etiquetarla como planta alóctona, irredimiblemente extranjera e incompatible con el ecosistema natural local. Hasta aquí podíamos llegar.
A nuestra higuera de moro la denominan higuera de India en el Camp de Tarragona, higuera de pic en Ibiza, higuera de pala en el País Valenciano, higueras de Barbaría en Francia, tuna en Argentina. Siempre se han hecho con ella mermeladas y arropes por la dulzura interna que contiene, así como helados y sorbetes. En Sicilia extraen el licor aperitivo llamado Ficodi. En algunas zonas mediterráneas se cultiva para comercializar su fruto y convertir las palas en forraje. 
Puedo admitir que sea una planta árida, de paisaje pobre, aunque eso no le resta nobleza. Cada vez que paso ante la monumental mata de chumberas que crece desde muchos años atrás a pie de carretera entre Garriguella y Rabós (Alt Empordà), la saludo con una mirada de ternura infinita y ruego a los dioses menores que perdonen a mi amigo biólogo, quien blasfema a mi lado contra ella. Las chumberas son una genuina y altísima delicia para quienes saben ver la riqueza interior de algunos pinchos y gozar de ellos, incluso si a veces les han herido. 
El periodista y novelista gerundense Rafael Nadal dedicó uno de los artículos de la crónica política que publicaba en La Vanguardia a lanzar una proclama personal titulada “¡Indulten a los agaves!”, con el punto de exclamación arrebatado tan poco frecuente en los diarios conservadores cuando tratan temas esenciales. Reclamaba la repoblación urgente de agaves y chumberas, que ahora la administración pública arranca, por considerarlas especies políticamente incorrectas: “Las Gavarres todavía rebosan de árboles desgarrados por la nevada del pasado año. Resulta algo desconcertante: hubo dinero para arrancar los agaves de Cap de Creus y el bálsamo de la isla de Port Lligat y para matar las acacias de la Font del Ferro de la Vall de Sant Daniel, en Girona, pero no lo hay para limpiar los bosques de las Gavarres y proteger del fuego a uno de los nervios centrales del paisaje de Catalunya”, escribió (La Vanguardia, 12 d’agosto de 2011). 
Al año siguiente por las mismas fechas (el 24 de agosto de 2012), dedicó otra de sus crónicas políticas a “Los peores tomates del mundo”, a propósito de la degeneración comercial de la especie que sufrimos. Ahora llevo tiempo sin ver aparecer a Rafael Nadal en las páginas de opinión de La Vanguardia, mientras el departamento de Medio Ambiente se dedica a expandir a sabiendas la plaga de la cochinilla.

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