19 jun. 2016

El día en que Montserrat Roig confesó quién era el hombre de su vida

El presente mes de junio la escritora Montserrat Roig habría celebrado 70 años, si un cáncer no se la hubiese llevado prematuramente en 1991, a los 45 años, cuando se encontraba en la cima del éxito literario y mediático. Tras la biografía publicada en 2005 por Pere Meroño, se acaba de publicar otra escrita por Betsabé García y se anuncia una tercera por parte de Aina Torres. La fotografía adjunta corresponde a una entrevista que le hice el año 1979 en su casa, un amplio piso del Eixample barcelonés, en la calle Bailén nro. 41, la misma esquina de la Gran Vía en que Antoni Gaudí encontró la muerte atropellado por un tranvía en 1926. En el momento de aquella entrevista no podía imaginar
que regresaría a su piso unas cuantas veces más, para transcribir el libro de conversaciones de la colección Diàlegs a Barcelona entre ella e Isabel-Clara Simó, publicado en 1985.
Conversar con Montserrat Roig en su casa representaba una experiencia poco superficial. No solo era una autora valorada y solicitada. También, cuando quería, una persona afectuosa y una mujer atractiva que ejercía su capacidad de seducción. El hecho de estar acostumbrada a llevar la voz cantante no le impedía un acercamiento muy cálido a sus interlocutores, si le apetecía. Conmigo siempre mostró una deferencia inolvidable. 
Ella tomó la iniciativa de subrayarlo con socarronería, el día de la presentación de aquel volumen de Diàlegs a Barcelona. La colección estaba impulsada por la regidora de Cultura del Ayuntamiento barcelonés, Maria Aurèlia Capmany, a quien no le agradaba compartir el protagonismo con el director de la colección que era yo. Muchos de los personajes de la serie se extrañaban que el día de la presentación de cada volumen no me hiciese hablar ni sentarme en la mesa de oradores, algo que a mi me preocupaba poco. 
La actitud de la Capmany en esto punto provocaba comentarios de los protagonistas, que en la presentación deseaban agradecer de alguna forma la labor que yo había dedicado a la materialización del libro, por más que mi papel hubiese sido entre bambalinas, como conductor y transcriptor literario de las conversaciones en las que, sobre el papel, no intervenía. Montserrat Roig fue la más mordaz de todos. En el momento de su intervención dijo frente al micrófono, jugando con la imagen que le atribuían de devoradora de hombres: “Quiero aprovechar para revelar hoy y aquí un secreto: Xavier Febrés es el hombre de mi vida”... 
Al final de la frase calló durante unos instantes interminables. Se produjo entre la concurrencia una suspensión de las respiraciones, un silencio petrificado, mientras la Roig gozaba del efecto causado. Cuando al cabo de unos segundos el aliento retenido del público ya no podía aguantar más, entonces añadió: “Es el primer hombre que me ha escuchado durante tantas horas, días seguidos, sin decir nada”. La carcajada del público restableció la distensión. 
He visto tergiversadas en alguna ocasión aquellas frases juguetonas de Montserrat Roig. Fueron como las reproduzco aquí, tengo motivo para recordarlas con precisión.

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