6 jun. 2016

Los diamantes sencillos y suntuosos de Atahualpa Yupanqui a domicilio

Una vez al año, más o menos, a mis amigos y a mi nos entra una añoranza irreprimible de volver a cantar los temas de Atahualpa Yupanqui, de modo que montamos un “asado” en casa con esa excusa. Durante la sobremesa aparecen tres o cuatro guitarras, algún bandoneón y nos damos el gusto hasta que las velas no ardan. Atahualpa, igual que Carlos Gardel, cada día canta mejor. Sus letras y sus músicas aguantan el paso del tiempo con una inspiración difícilmente igualada. Quizás ahora que somos gatos viejos apreciamos más aun su vigencia que cuando las escuchábamos de sus propios labios. Para cantarlas de nuevo entre amigos a lo largo de una sobremesa, tal como fluyen de la memoria del alma, no necesitamos ni
ensayarlas: “Si a mi me gusta que suenen, ¿pa’ qué los voy a engrasar?”...
La “yupanqueada” de ayer vino de un simple verso, aparecido días atrás en la conversación con la fuerza de un detonante. Uno de nosotros dijo de repente, con un aire extasiado: “Recuerdan la frase “Nunca le dije nada, pero qué lindo…”. Claro que la recordábamos, es de “Recuerdos del Portezuelo”, un diamante de sencillez suntuosa, como tantos otros de su repertorio. 
La “yupanqueada” no podía esperar más, nos quemaba en la punta de los dedos. Encargamos la carne de la parrilla y el suministro de malbec. En lenguaje austral los “asados” no se organizan, se arman. 
Decía Borges que un clásico es una obra a la que nos acercamos “con previo fervor y una misteriosa lealtad”. Atahualpa es un Borges de interior perfeccionado, sin simetrías ocultas, significados remotos ni piruetas retóricas. Además, dispone de una reencarnación tucumana residente en Pineda de Mar que es Esteban ”Rabito” Vélez, capaz de ponerle muchos matices más a los temas de Don Ata, ayer con la colaboración de Almut Welmann en el bandoneón, Juan Carlos López, Luis Rajmil y Guillermo Carrizo en las guitarras, y Ana K. Garcia y Horacio Gaggioli en las voces. 
La primera parte comestible de la “yupanqueada” discurrió con la normalidad prevista y “un aplauso para el asador”. La parte bebible nunca tiene comienzo ni final establecidos, suele ser un continuo discreto, como el suero gota a gota que mantiene las constantes vitales de la velada. La parte musical arranca con facilidad después de los postres, cuando se desenfundan sin timidez las guitarras y bandoneones. 
De todos los amigos participantes en el encuentro de ayer no había ninguno neutral. Nuestros “asados” son poco rigoristas. Tenemos normas, pero no son de estricta observancia. Todas las canciones no fueron de Don Ata, tal vez porque habríamos sido incapaces de disolver la velada sin algún chamamé y sin cantar a coro, con un orgulloso tono por encima de la moderación, la que dice:

Aprendimos a quererte desde la histórica altura 

donde el sol de tu bravura le puso un cerco a la muerte.
Aquí se queda la clara, la entrañable transparencia,
de tu querida presencia…

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