14 jun. 2016

Música als Parcs merece un formato más orgulloso de sí mismo


La temporada de verano se caracteriza por la proliferación de festivales de música que programan masivamente a estrellas rutilantes i “taquilleras” del firmamento internacional o local, en espacios de amplio aforo repartidos a lo largo de la geografía del país. Todos tienen algo en común: las entradas son caras. En cambio hay uno admirablemente gratuito y quizás por eso arrinconado, pese a su longevidad y su éxito. Se trata del festival Música als Parcs, que organiza el
Ayuntamiento de Barcelona desde hace más de 15 años.
Este verano ofrece 47 conciertos de 19 grupos de distintos estilos en 27 espacios verdes de la ciudad, entre ellos el Parc de la Ciutadella, los jardines de Vil·la Cecília, el parque de les Aigües del Guinardó, el Turó Park, los jardines de La Tamarita, el parque Central de Nou Barris, los jardines del Pou de la Figuera, la Font dels Ocellets, los jardines de Montbau, los jardines de Gaietà Renom, la plaza del Duque de Medinaceli, los jardines de Can Brasó, el parque de Joan Miró, el parque de la Estació del Nord, el pantano de Vallvidrera, los jardines de Ernest Lluch, los jardines de Rubió i Lluch, el parque de la Creueta del Coll, los jardines de Tete Montoliu, el parque de la Trinitat, el Turó del Putxet y el parque del Clot. 
La iniciativa es magnífica y consolidada, sin proporción con la escasa fuerza presupuestaria y promocional que le dedican, confinándola a una injusta segunda división por falta de fe de los propios organizadores. Presenta orquestas de cámara, big bands y formaciones corales procedentes con frecuencia de escuelas municipales de música, así como grupos de pequeño formato poco encumbrados en los rankings del show-business. 
El potencial de la idea del ciclo veraniego barcelonés Música als Parcs merecería ser la niña de los ojos de la política cultural municipal y no la cola de sardina como ahora. No es necesario recurrir al paradigma del festival veraniego BBC Proms (Promenade concerts) en los parques londinenses y de otras ciudades británicas, con las mejores orquestas del mundo, que culmina con el acontecimiento nacional y multitudinario The Last Night, ampliamente retransmitido por los medios de comunicación. 
Los Proms son inigualables. Bastaría con creer un poco más en el festival barcelonés Música als Parcs. Dispone de los escenarios, de la organización experimentada (cada primer trimestre del año se convoca la selección de grupos candidatos por parte de un jurado de profesionales) y del público adicto. Solo le falla la autoconfianza, la valoración del servicio público como programador tan capaz o más que los festivales de iniciativa privada, a los que generalmente la administración subvenciona.
El servicio público debería ser modélico, competitivo y orgulloso de su misión, más aun cuando convoca una iniciativa plenamente consolidada como esta. Música als Parcs no puede ser un festival “gibarizado”, empequeñecido por quienes deberían defenderlo

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