4 jul. 2017

Contemplación de la pureza de tono del islote Es Cucucuruc en Cadaqués

Un islote minúsculo adquiere en la bahía de Cadaqués la importancia de las cosas modestas y a la vez cruciales. El cónico escollo de Es Cucurucuc se ha convertido en anagrama del municipio, una seña de identidad de los cadaquesenses. Tal como reza con orgullo el viejo dicho local: “Quien no ha visto es Cucurucuc ni sa Platja Confitera ni sa nena d’en Clapés, no ha visto nada de Cadaqués”. Contemplar Es Cucurucuc desde la orilla me procura cada vez la sensación física de reencuentro con la belleza, dentro de la cual caben la armonía y también el caos. Me despierta un impulso de ternura, me aleja de la indiferencia, me recuerda la ausencia de preocupaciones que los viejos griegos llamaban
ataraxia. Pongo en remojo alrededor de la silueta de Es Cucurucuc algunas ideas para que se flexibilicen. Durante esos ratos las palabras pesan poco frente a los hechos, situados en un punto fluctuante entre la conciencia y la biología. Callo, hago turismo interior, busco a dentro.
Es Cucurucuc atesora luces, según el momento y el cariz del día, con la arbitrariedad de la vida misma. Se alza con una audaz pureza de tono poco inclinada a los contrastes subterráneos, con la melancolía reducida al mínimo indispensable.
Han aparecido en Cadaqués unas camisetas que llevan impresa en el pecho la pregunta: "Qué hay bajo Es Cucururuc?". Es una pregunta bien hecha. Pocos años atrás ya floreció aquí la marca de diseño de ropa Tramuntana Republik, con esas dos palabras y la silueta del Cap de Creus bien visibles.
El maestro Rafael Cabrisses, que enseñó solfa a muchos futuros músicos cadaquesenses y compuso grandes sardanas, como la titulada Cap de Creus (letra de Joaquim Gay), dirigió durante la década de los años 1920 la Cobla Cucurucuc, bautizada con el nombre del islote presidencial, casi urbano.
Aparece en algunos cuadros de Dalí, pero el pintor que ha convertido con mayor frecuencia Es Cucurucuc en hilo conductor de su pintura es el japonés residente Shigeyoshi Koyama, intérprete silencioso de aquella pureza de tono que las rocas confieren a la insularidad de Cadaqués. 
Los incontables reflejos de la pizarra se encarnan de manera viva en cualquier retina, siempre que se mire con ojos dispuestos a la extraña atracción, desprovistos de prevención y amarras, “desnudos como los ídolos que me he negado a adorar”. 
Al poeta Carles Riba sus mecenas le regalaron con una casita de veraneo en Cadaqués. Él, en el poema “Vaig entrar a la llum marina”, escribió:

Las estrellas, desnudas como los ídolos
que me he negado a adorar:
el bosque de la isla más alta
me las ha cubierto sin engaño;
ahí he hallado la inocencia
como si me durmiese del mar.

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