12 may. 2018

A veces nos escapamos hasta la casita del Montseny, justo por mirar

Las recientes lluvias primaverales y el sol reaparecido llevaban ayer al Montseny a relucir con una juventud clorofílica refulgente, arrebatada. A veces Amadeu me invita a acompañarle para contemplar el espectáculo y charlar en su casita de madera, perfectamente orientada en uno de los palcos de honor del macizo, en las Rouredes de can Ridaura. Se trata del antiguo pabellón de Noruega de la Exposición Internacional de Barcelona del 1929, comprado tras el certamen, trasplantado intacto por su padre a un punto solitario del Montseny y mantenido con mucha dedicación hasta hoy. Una vez allí solemos charlar de literatura y de chismes relacionados con esa vaga inclinación. Él sabe crear el clima propicio para interrogar al interlocutor,
aunque tengo la convicción de que a la casita del Montseny vamos sobre todo por mirar, sencillamente por mirar el espectáculo de los cambios estacionales de la naturaleza viva, vivísima.
Él pretexta que va para verificar si el payés ha segado le hierba, si el jabalí ha roto el alambre de protección, si el albañil ha terminado la obra pendiente, si las hortensias monumentales crecen sin tropiezo. Pero estoy seguro de que, en el fondo, vamos simplemente a mirar el despliegue panorámico del prodigio natural, tan cambiante a lo largo del año, dentro de una atmósfera que no ofrece dos días iguales. La charla resulta secundaria, la literatura más aun. 
Nuestra selva negra germánica, nuestra alpina helvética más cercana a Barcelona es el macizo del Montseny. El propietario Jaume Bofill i Mates se adjudicó el pseudónimo poético de caballero medieval Guerau de Liost y con ese nombre publicó en 1908 el poemario La muntanya d’ametistes. La piedra preciosa de la amatista, que el autor relacionaba por analogía poética con este macizo por el manto arbustivo morado que forman las landas de brezo común, era una de les gemas cardinales juntamente con el diamante, el zafiro y la esmeralda. Luego se descubrieron grandes yacimientos, sobre todo en Brasil, y ahora se acostumbra a vender como simple pedrusco mineral. 
La montaña de amatistas perdura hoy como un calificativo difuso, pero sigue siendo lo más aproximado que tenemos al countryside de Jane Austen, nuestro Hampshire de orgullo y prejuicio, de sentido y sentimiento, por más que la cantidad de lectores de Guerau de Liost y Jane Austen difiera mucho. El editor en castellano de la novela Sense and Sensibility, publicada por primera vez en 1812, declara vender actualmente 10.000 ejemplares por año, mientras que los lectores de Guerau de Liost tienden a cero fuera de los círculos poéticos. 
Todo eso resulta secundario ante la agudeza de la mirada desnuda desde la casita de madera del Montseny. Ayer todavía recogimos buenos puñados de setas para guisar con conejo. La conversación, la literatura y los chismes se convierten en la musiquita de fondo del gran placer de la mirada ante la maravilla fugitiva del golpe de sangre del escenario, pese a reconocer que las sobremesas también valen lo suyo. El paisaje y las sobremesas son un estado de espíritu, una filiación del espíritu.

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