3 jul. 2018

Ni que fuese tan solo por los pliegues de la túnica de la Victoria de Samotracia

Yo regresaría a París ni que sea para remirar pausadamente la Victoria de Samotracia, con eso tendría casi suficiente. La escalinata Daru del museo del Louvre es la perspectiva majestuosa construida para enmarcar esta escultura griega de grandes dimensiones, colocada en el centro del luminoso rellano superio, donde hormiguean los visitantes. En el Louvre dejan hacer fotos, de modo que cada uno desea obtener el mejor ángulo de su acompañante a los pies de la célebre pieza, lo que genera un baile de codos, piernas y brazos que los vigilantes del museo ya tienen por normal y se saben incapaces de evitar. Aunque no me gusten las aglomeraciones, me complace contemplar cada vez durante largo rato la Victoria de Samotracia. He encontrado la solución: en los laterales de la escalinata, al otro extremo del rellano, han colocado un modesto banquito para sentarse, bajo la hornacina que alberga la escultura romana de la diosa
Hera, conocida como Hera Campana por proceder de la antigua colección de Giampietro Campana. Mi punto predilecto de observación permite una visión descansada.
La escultura en mármol blanco de Paros mide 5,57 m de altura, fue esculpida alrededor del año 190 aC y representa la diosa griega de la victoria Niké con las alas desplegadas, vestida con túnica de pliegues y alzada en la proa de una nave pétrea. La figura se encuentra descabezada. La descubrió en 1863, hecha añicos entre las ruinas de un santuario de la pequeña isla griega de Samotracia, el vice-cónsul francés Charles Champoiseau, quien se apresuró a enviarla a París con permiso del ocupante turco. 
Cada vez que la remiro desde mi banquito recuerdo la más bella historia de todas sobre la pieza. La contó María Kodama, ya viuda de Jorge Luis Borges: “En una ocasión le pregunté a mi padre qué era la belleza. Me regaló un libro de reproducciones de esculturas griegas y me mostró la Victoria de Samotracia. ‘Pero no tiene cabeza’, le dije. Mi padre me contestó: ‘Quién dijo que la belleza sea una cabeza, una cara. La belleza es otra cosa’. Fue la primera lección de estética que recibí: ‘Mira los pliegues de la túnica, detener los movimientos de la brisa con la túnica para la eternidad, eso es la belleza’. Se lo conté a Borges y los dos lloramos al contemplar la Victoria de Samotracia en lo alto de la escalinata del Louvre”.

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