5 nov. 2018

Ayer en el Coll de Banyuls como un retorno a Brideshead

Me gusta ir con amigos al Coll de Banyuls para compartir la belleza disponible, respirar el mejor oxígeno que se fabrica, pasar las rutinas por el túnel de lavado y llenarnos la vista de horizontes afortunados. Ayer domingo fui de nuevo y por el camino apareció el Canigó enharinado de nieve por primera vez este otoño. Se trata de uno de los pasos más arraigados de este Pirineo mediterráneo, desde los iberos de la Vía Heráclea, los griegos y romanos de Empúries y quizás los cartagineses de Aníbal, aunque ahora solo lo utilizamos los amantes de los atajos supuestamente secundarios y las viñas verdes a orillas del mar. Conozco este camino de tiempo atrás, lo describrí en mi libro de 1984 El Pirineu, frontera i porta de Catalunya,
cuando solo era una pista de tierra en mal estado. La carretera ampliada y asfaltada que lleva ahora del municipio de Espolla al Coll de Banyuls es una vía romana de gran belleza, cerrada los últimos siglos por la implantación de la frontera estatal y convertida en camino secreto de contrabandistas. Circular hoy por ella en condiciones normales permite acceder a uno de los miradores más bellos del país, de ambas vertientes del país.
Este paso debe parecer minúsculo y apartado al volumen de personas que circulan por La Jonquera y El Pertús. En cambio a mi me parece una proa exacta de mi mundo, un microcosmos que me hace violentamente feliz. Le encuentro un detallismo enternecedor, la elegancia de la naturalidad, un salvajismo mitigado, una elocuencia liberada de palabrería, una pequeñez terrenal suntuosa, la dosis justa de poesía que lleva en germen una sangre muy antigua, lejana y honda. 
El paisaje no está nunca compuesto tan solo materia, también del punto de vista que le pone cada uno. La vida interior de un paisaje, el genio del lugar, son percepciones que cada uno resiente a su manera. El paisaje es la expresión de una forma de vivir, de un orden económico y cultural dado. También es el resultado de interiorizar una visión de las cosas. El ingrediente más atractivo no es su belleza plástica, sino el significado que esa belleza adquiere para nosotros. Los valores, la mentalidad del observador modelan el paisaje, no a la inversa. Seguramente también depende de la predisposición del momento, de la complicidad y de algunas certezas íntimas. 
Influye asimismo la grandiosa visión del Canigó nevado, la butifarra del desayuno en el bar de la cooperativa de Garriguella, el recorrido maravillado del viñedo de Banyuls, el tributo sentimental ante la tumba de Antonio Machado en Collioure y la comida posterior en el restaurante Maria de Mollet de Peralada con su carro de postres de tres pisos y la charla con el propietario Albert Barris. Aunque, secretamente, yo voy sobre todo al Coll de Banyuls por el almendro silvestre que ahí tengo ahijado. Y por los amigos.

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