2 oct. 2019

El fervor místico cambió ante el islote ibicenco de Es Vedrà

El peñasco del islote ibicenco de Es Vedrà nunca ha sido habitado, con una sola excepción. De 1854 a 1860 el monje carmelita leridano Francesc Palau fue confinado en Ibiza como sospechoso de instigar levantamientos carlistas, a raíz de los cuales ya se había exiliado en Francia de 1840 a 1851. En la isla pitiusa fundó una pequeña comunidad religiosa en el pueblo de Es Cubells (agregado al de Sant Josep). Desde allí sus compañeros le conducían a bordo de una barca, con las correspondientes provisiones de comida, a pasar temporadas eremíticas de completa soledad en una cueva natural de Es Vedrà, donde creía experimentar visiones místicas que le consolaban de los enfrentamientos con las autoridades. Mientras se aclimataba, tal vez vislumbraba un nuevo cielo y una
nueva tierra con la primera luz del alba.
El empeño de la soledad monologal como único habitante de Es Vedrà era bastante intermitente, de modo que la condición de residente exclusivo osciló según el humor de cada momento. Sea como fuere, nadie más que él ha vivido en el islote
En 1860 Palau fundó una congregación de monjas carmelitas misioneras, lo que le llevó a residir en Roma los años siguientes a fin de consolidar la iniciativa entre la administración vaticana, hasta su muerte en 1872. Posteriormente fue ascendido a la condición de beato. La congregación de carmelitas misioneras creada por Palau sigue existiendo en Europa, América, África y Asia, con casa madre en Roma.
Pasar del absoluto aislamiento de Es Vedrà al bullicio mundano de la corte romana debió ser una experiencia terrenal alucinatoria. Aun hoy muchos visitantes alucinan ante Es Vedrà, aunque sea con fervores místicos de signo distinto. Algunos creen adivinar aquí psicofonías indostánicas entre las salmodias y melismas del mar, otros el estupor de alguna portentosa y vacilante vox clamantis, otros el remolino neuronal de una tensión emotiva o, simplemente, la turbación frente al plaer vicioso de la belleza estática e irrevocable. Aristótiles sostenía que “los hombres empezaron a razonar movidos por el estupor”. Quería decir por les preguntas sin respuesta, por la fecundidad de las dudas y el misterio del tiempo en algunos lugares.

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