18 nov. 2019

Defensa cálida de las flores del frío: la begonia de ayer

La foto es de ayer, porque durante la estación de las hojas secas también viven flores espléndidas, las flores del frío, como esta begonia luminosa. No entiendo qué manía tienen algunas personas contra el frío. El frío no representa ninguna desgracia, es la estación del sol más suave y las lunas más claras. Dicen que el cambio de temperatura afecta al estado anímico de algunos, por la disminución de luz natural. Sin embargo el cuerpo tiende a reequilibrarse solo, tal vez con la ayuda de alguna calidez compensatoria. Las horas de luz se acortan, los días no. Los días maduran y se preparan para invernar. Aparecen las mejores setas, la uva madura, los higos, los platos de caza con aroma de bosque. En las playas resguardadas, los días propicios se está mejor que nunca. No siento el otoño como un presagio triste ni cenizo, no le veo ninguna metáfora del decaimiento, sino más bien una imagen del gozo de la maduración. El frío me estimula a realizar las cosas propias del momento. Claro está que los rebrotes generales son característicos de la primavera, pero en otoño e invierno también rebrotan algunas cosas. En el
supuesto de que nuestra civilización haya entrado en una fase otoñal --algo bien posible--, no significa su condena a muerte, sino la necesidad de acumular fuerzas para reverdecer.
El equilibrio biológico no es nunca estático, no equivale a la inmovilidad. El otoño no tiene nada de acento pictórico agotado, menos aun de derrota o de muerte. Soñoliento en apariencia, desea y se impacienta como cualquier otra estación. Tal vez se siente algo más cansado, pero también se muestra resistente y obstinado.
No exhibe la insolencia adolescente de la fuerza sobrada, sino el eterno impulso de retoñar de la vida. Es una estación vigorosa como cualquier otra. En esta begonia vi ayer la misma fibra carnal que el resto del año y el presentimiento de una caricia.

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