26 dic. 2012

El truco y la destreza en la literatura de viajes

La mejor literatura de viajes no siempre la escriben los exploradores más esforzados ni los aventureros más osados. A veces se logra sin salir de casa, con la imaginación, el recuerdo o la destreza literaria del vistazo. Las descripciones más vibrantes de les ruinas de Atenas se encuentran en el Itinerario de París a Jerusalén, de Chateaubriand, quien tan solo permaneció dos días en la capital griega, en agosto de 1806. Retornado a Francia, cinceló el recuerdo como una elegía aun inigualada. Josep Pla escribió una acerada descripción de Río de Janeiro sin bajar del barco, durante el único día de su estancia, el 3 de enero de 1957, a raíz del primero de los
cinco viajes a América Latina que realizó entre 1956 y 1966. Aquellos viajes servían a Pla para mandar durante semanas seguidas a Destino crónicas de actualidad o de ambiente sobre los países recorridos a lo largo del itinerario marítimo. El 21 de diciembre de 1956 zarpó de Barcelona con destino a Buenos Aires, el 31 tocó el puerto brasileño de Recife y el 3 de enero de 1957 entró a la bahía de Río de Janeiro, de donde marchó al día siguiente hacia Montevideo.
Las escasas horas transcurridas no le impidieron elaborar sobre la ciudad carioca treinta páginas magníficas, incorporadas al volumen 18 de la Obra Completa, En mar. La maledicencia según la cual Josep Pla, alcanzada ya a la veteranía del oficio, era capaz de redactar descripciones magistrales sin bajar del barco o sin salir de casa fueron un hecho irrefutable en alguna ocasión como esta. También es cierto que otros escritores de éxito, como el novelista castellano Juan Valera, vivieron en Río de Janeiro años seguidos y no dejaron ni una sola página apreciable. 
Poco admirador de exotismos, más partidario de paisajes ordenados y rediticios, Pla opinaba en las páginas de En mar: "Así, en Río, frente a Río de Janeiro, me encontré ante un caos natural inorgánico [...] El calor sólido, el bochorno, la sensación de vivir dentro de una bala de algodón calentada, produce un sopor que me limita la curiosidad. La pastosidad de la atmósfera, la cosa fofa, la obesidad, l'oleoginosidad del aire, la humedad, me producen una inercia, me precipitan en una indiferencia inasible [...] Este clima conduce –aunque no a todo el mundo-- a vegetar, a perder tensión, a la inanidad, a entrar en un estado de chochez prematura. Las mujeres loo deben saber, y de ahí, tal vez, su tendencia a crear ilusiones y alucinaciones impelentes". 
Por su lado, Juan Valera llegó a Río en 1851 como secretario de la embajada de España. El escritor, calificado de mejor prosista de la su época, era el autor de populares novelas como Pepita Jiménez y Juanita la Larga. Su estancia en Río hasta 1853 dio frutos escasos, tristísimos. La ciudad no le interesó para nada. Toda la vida fue un conservador heterodoxo, un semiaristócrata malcasado, arruinado y putero declarado. Se convertiría en el mayor epistológrafo de la literatura castellana, como una Madame de Sevigné española. La correspondencia completa de Sevigné tiene 1.400 cartas en la edición canónica de la colección La Pléiade en tres volúmenes, mientras que la de Valera alcanza 1.700 cartas en nueve volúmenes de Obras Completas. 
Además de las numerosas cartas escritas desde Río, Valera también elaboró el ensayo La poesía del Brasil y la novela ambientada aquí Genio y figura. Su narración de aquellos dos años no ofrece ningún atractivo literario ni testimonial. Decía en una de las cartas: "No hay aquí distracción alguna para mi, ni hallé hasta ahora, gente de mi agrado con quien hablar. Así es que pasó días enteros solo encerrado en mi cuarto; leo, fumo y me entristezco". A Valera no le gustaron ni siquiera las mulatas, como aseguraba en otra carta, referida a la prostitución: "Me consuelo, pues con lo que hallo para el consumo público, que no es cosa buena ni segura; negras y mulatas sobre todo. Con respecto a éstas me llené yo de ilusiones y falaces esperanzas al venir de Europa, y tocar el vapor en Bahía, antigua capital del Imperio: porque allí la raza de esclavos es hermosísima e inteligente: aquí, por el contrario, estúpida y deforme". 
Haber vivido en una ciudad extranjera no garantiza por sí solo la capacidad de describirla con acierto. En cambio otros autores pueden lograrlo tras uno o dos días de estancia. La literatura de viajes es en primer lugar literatura y, solo en segundo, viajes.

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