14 jun. 2013

Que la crisis no nos lleve perder el sentido del ridículo


Hay algo peor que caer, como hemos caído, en la crisis económica, política, institucional y ética. Es caer en el ridículo, perder la credibilidad, la verosimilitud y el sentido de la realidad. El presidente Artur Mas acaba de caer en lo segundo, al anunciar como hoja de ruta un paquete de 212 medidas de gobierno precisas, ya recogidas en gran parte por el programa de actuación aprobado al inicio del mandato seis meses atrás y sin
precisar cómo podrá financiarlas ni sacarlas adelante en ausencia de presupuestos públicos acordados y de las alianzas indispensables.
El papel, por más fino que sea, lo acostumbra a aguantar casi todo. Otra cosa muy distinta es la eficiencia real de la administración pública, la solvencia de su dirección política en la práctica y su rigor de trabajo demostrable. El presidente Artur Mas tal vez piense que faltan aun tres años para las siguientes elecciones, que cada día resulta más difícil a los ciudadanos pasar cuentas en las urnas sobre las promesas incumplidas y que se trata de ir tirando. Es la política del avestruz, de la falta de engranaje con la realidad, de la impotencia, de querer mezclarlo todo y adornarlo con un lazo más o menos coloreado. 
Este modo de actuar dispone, naturalmente, de sus corifeos, su caja de resonancia, incluso de sus votantes embelesados. Al día siguiente del anuncio, la comentarista y flamante miembro del grupo de expertos del Consell de Transició Nacional, Pilar Rahola, no se cortaba ni un pelo al proclamar en su columna cotidiana del diario La Vanguardia que el presidente Mas se ha revelado con tal iniciativa como un auténtico estadista: “Uno de los aspectos más relevantes del presidente Mas es la mirada de estadista, mientras intenta asumir su obligación como gestor. Y esta dualidad es muy escasa en el liderazgo político, tanto si miramos hacia Cataluña, como si giramos la vista hacia España”. 
El aspecto que más ruboriza no es el contenido real de las declaraciones del presidente Mas ni las de Pilar Rahola, sino la desdibujada oposición –parlamentaria y conceptual—con que dejan de topar por parte de otras fuerzas políticas más interesadas en forjar la alternancia que la alternativa.

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