18 jul. 2013

La corrupción galopante de un principio básico



Este artículo también se ha publicado en Eldiario.es, sección Catalunya Plural

Las clases dirigentes tienen una responsabilidad aumentada en su misión de liderazgo, que debe empezar por una conducta socialmente ejemplar. Por eso son dirigentes, no para acumular beneficios de casta y hacer recaer el peso de las desviaciones en las clases medias, los asalariados y los parados. Los dirigentes ejercen cargos y cobran para dirigir, es decir para ofrecer alternativas viables. El único liderazgo válido es el que sabe extraer lo mejor de la sociedad de cada momento y convertirlo en eficacia motora a fuerza de escuchar, cohesionar y decidir en favor del bien común. Si eso parece demasiado abstracto o ingenuo,
estamos condenados a la desesperanza, a la espiral del descrédito, a los contravalores de la corrupción y sus efectos devastadores en el tejido social, mientras se instala la convicción de que la crisis económica ha sido gestionada en favor de quienes la han provocado y no de quienes la hemos padecido. ¿Alguien ha pedido perdón por algo?
Las reglas del juego político no son inmanentes, eternas, inalterables. Son un pacto que puede haber sido incumplido y pactarse de nuevo. La capacidad de liderazgo consiste en enderezar una situación antes de llegar a la colisión. También se llama reformas o regeneración, y la historia anda llena de ellas. 
El nacimiento de la democracia en la antigua Grecia no fue nada más que una reforma, la cual representó un paso de gigante en la historia. Veinticinco siglos después, aquella noción de ciudadanía gobernada por reglas consensuadas y ya no por la ley del más fuerte mantiene su vigencia de principio. Los atenienses entendieron y aplicaron la democracia como el predominio de un cierto grado de racionalidad frente a la barbarie, de la libertad individual de los ciudadanos frente a la sumisión a los oligarcas, de la emancipació de la razón, el derecho y la cultura frente a la religión vista como dogma. 
Por primera vez un embrión de leyes de los hombres organizados en polis se situaba por encima de la ley del más fuerte y de la ley de los dioses interpretada por los poderosos. Hasta aquel instante no se entendía que los hombres pudiesen obedecer una ley hecha por ellos mismos en vez de obedecer a un amo. Esa fue la mutación de principio, y sigue siendo válida no solo en principio.

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