20 jun. 2018

Madrugadas veraniegas con jazmín fragante en el casco antiguo de Sevilla

Los grandes diarios de distintos puntos de España solían ofrecer alguna plaza de estudiante en prácticas los meses de verano a las Escuelas de Periodismo de Madrid, Barcelona y Pamplona, antes de la invención de les facultades universitarias de Ciencias de la Comunicación. Llegué a Sevilla contratado de becario por el diario ABC de la capital andaluza. Me recomendaron alojarme en una residencia de la calle del Agua, en el casco antiguo cerrado a la circulación rodada. La calle solo estaba edificada de un lado, el otro era la muralla posterior del Real Alcázar, por encima de la cual desbordaba un jazmín monumental, fragante,
orgiástico. En Sevilla los servicios municipales tenían que arrancar con puntualidad la fruta madura de los numerosos naranjos que embellecen la vía pública porque la cosecha favorecía la aparición siguiente de la flor del azahar, asociada con la llegada de la primavera y las festividades de la Semana Santa. En cambio los jazmines eran el perfume de las noches de verano, el incienso pagano que ayudaba a soportar la canícula. No todos los jazmines perfuman igual ni lo hacen con la misma intensidad a lo largo del día. El de la calle del Agua parecía esperar mi regreso a casa de madrugada para dar lo mejor de sí. 
Trabajaba en el turno de noche del diario y cada día volvía tarde. El balcón de mi habitación se asomaba al jazmín desde el primer piso, a una altura más cercana todavía. A mi vuelta a casa, me sentaba un rato en el palco del jazmín gigante. No tenía ninguna prisa en acostarme.
Al día siguiente no debía levantarme temprano y el jazmín no tenía que escribirlo ni entrevistarlo, solo sentirlo y maravillarme. El efluvio lograba desvelarme, pero entonces me daba igual no dormir las horas habituales. En la negra noche la mata florida por encima del muro presentaba una incandescencia trémula y penetrante, un nimbo de dulzura perfumada flotando despeinada, desabrochada, oferente. 
No sé si las notas de un nocturno de Chopin tocadas lentamente al piano por manos virtuosas habrían sido capaces de mejorar aquel silencio del aire dormido, desnudo y fragante. Sevilla era una ciudad de aromes florales vivísimas, aunque esas cosas no se aprecian especialmente cuando se está a punto de cumplir diecinueve años y de ganar el premio Pulitzer. 
El jazmín no era sujeto de nada, no evocaba de entrada ningún hecho preciso. Era un jazmín monumental, visto reposadamente desde el balcón de mi alojamiento en el silencio de la madrugada. Lo sentía sin pensar, lo veía sin querer, me extraviaba por sus ramas sin tocarlo. Me dormí en su compañía imborrable cada noche de aquel verano.

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