15 dic. 2015

La viña llora en invierno y no sabe por qué

Cuando veo en esta época del año las primeras viñas podadas, rapadas al cero de los sarmientos despeinados de la última vendimia, me aproximo muy de cerca e inclino la mirada para observar el punto preciso del corte afilado, todavía tierno, practicado en la rama por la tijera del viticultor. Supura por la herida una lágrima malgastada que no sabe dónde va, pero que quiere hacerse visible como reacción vital de la inaparente y fragorosa actividad interior de la cepa. A veces también se llora de alegría. Los sarmientos
podados de la viña lo hacen, porque con el frío comienzan una nueva añada. Esta lágrima será precisamente el elemento cicatrizante, la prenda del rebrote. La amputación marca el inicio del nuevo ciclo, su regeneración.
La viña vive intensamente todo el año, sin cesar. Aunque en invierno no lo parezca, las cepas mantienen aquella fragorosa actividad interior. No están exhaustos, decaídos ni perplejos. Ni siquieran están dormidos.
El primer frío es el momento obligatorio de podar, tallar o aclarar los sarmientos despampanados de la temporada anterior, una mutilación que en realidad rejuvenece a la planta y asegura el primer paso indispensable de la cosecha siguiente, por lo que se convierte casi en un rito de adolescencia.
La vid es por naturaleza una liana trepadora que el viticultor obliga a no dispersarse .De la poda depende la próxima vendimia. La cepa no lo entiende, la savia tampoco. Por eso sueltan la lágrima de la viña podada, que en realidad anuncia su disposición a rebrotar y demostrar la vena combativa del estado vegetativo. Cuando me acerco hasta las cepas recién talladas a mirar la lágrima del corte, pienso en los versos de Miguel Hernández:

Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada esquina.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.





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