8 ago. 2017

La tentación de acariciar la calidez carnal del mármol

Por alguna razón equivocada, el mármol arrastra una imagen de frialdad insensible y refractaria. En cambio yo siempre lo he considerado una de las piedras más cálidas, tal vez porque la asocio a ciudades que amo intensamente. Subir al Partenón de Atenas, rodearlo de cerca y tocar furtivamente las columnas de níveo mármol blanco del Pentélico, aunque esté prohibido, me sigue despertando una emoción corpórea, física, biológica. El centro urbano de la Roma barroca –el mismo de la Roma actual-- está protagonizado por el mármol travertino, que absorbe la luz solar y dora las paredes de la Urbe con la distinta intensidad del tostado, el rojizo o el pajoso, dentro de una gama de matices cutáneos de sensualidad viva. En la Florencia
renacentista, la fachada de mármol cebrado verdiblanco de San Miniato (en la foto) es el anagrama culminante de un estilo, alzado en uno de los miradores más afortunados de la ciudad.
Los romanos llamaban genéricamente marmora a todo un abanico de piedras ornamentales: granitos, alabastros, pórfiros, jaspes, basaltos, ónix, calcáreas, marés... Implantaron la explotación y exportación de marmora por todo el Imperio, cuando se extendía de las montañas del Atlas norteafricanas hasta Escocia y del río Indo en el noreste de la India hasta el Atlántico. 
La Hispania tarraconense contribuyó con el brocattello, el famoso jaspe de la Cinta (Tortosa), que parece un brocado. En Ulldecona las diferentes empresas que explotan las canteras de mármol siguen figurando hoy entre los primeros exportadores mundiales. 
Fuera de la suntuosidad de los grandes centros monumentales, mantengo una debilidad por el mármol rosado del Conflent. Es el más carnal de todos, por ejemplo cuando lo aterciopela el agua del surtidor en la plaza de la catedral de Perpiñán. No luce solamente en pórticos, linderos y capiteles de las abadías románicas, también en usos civiles actuales como el pavimento de las aceras de algunas villas rosellonesas, la torre del faro del cabo Béar, los fregaderos de las casas particulares... Cada vez siento el impulso de acariciarlo exactamente igual que en el Partenón.

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